Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.
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lunes, 28 de junio de 2010

Veintiséis : Tom y Eva canturrean

A Nils Vincent Chesterton, que camina lento, las piernas le flaquean. Siente un vacío en el estómago y sabe que después de tomar licor de hormigas esa sensación irá a peor. Pero no le está permitido entrar a otro comedor que no sea el asignado por zona y sabe que no ir donde Antón es una opción que no es siquiera opción.

Así que cuando llega una hora y 47 minutos antes de las seis, según el reloj de enfrente de la puerta de las religiosas naturistas, simplemente, se sienta en uno de los escalones de la casa blanca a esperar.
Nils Vincent Chesterton piensa que si un Vigilante le pregunta qué hace ahí, no podrá contestar y es más que seguro que se pondrá nervioso y tartamudeará. Tendrá que mentir y eso no le gusta, además de que no le sale muy bien. Así que decide esconderse junto a la puerta de las religiosas.

Escondido y apoyado en la pared, puede oír una agradable música que sale del interior de la casa. Es una música lenta, de notas espaciadas y sutiles que provocan atracción, tal vez, no sea la primera vez que la escucha, pues siente reconocerla, aunque no sepa dónde antes la ha podido oír ni conozca su título. Claro que Nils no sabe el título de ninguna música, tampoco podría nombrar esa melodía que suena cada mañana, aunque sí reconocerla. Le viene a la cabeza el tarareo que venía a su mente, no hace tanto, acompañando al recuerdo de Eva. Nils Vincent Chesterton reflexiona, sin mucho resultado, sobre qué extraño poder tiene la música sobre los sentires.

Y mientras se debate entre la atracción de la música de la casa de las religiosas naturistas, el recuerdo de Eva y el tarareo de aquella otra música, Nils se deja vencer por una densa neblina que le cierra los ojos.

Aparece, girando la esquina y canturreando, Tom cogido de la mano de Eva que, con una botella llena de licor de hormigas, le sonríe. Caminan saltando hasta llegar adonde él. Eva se sienta a su lado y le acaricia el pelo. A Nils, la caricia le resulta un tanto brusca. Piensas dormir toda la tarde, le dice, y la voz de Eva le desconcierta, no parece pertenecerle. Piensas dormir toda la tarde, le repite y su voz se parece terriblemente a la de Antón.

Nils Vincent Chesterton abre los ojos y suspira. Le hubiera gustado recibir una caricia de Eva, por brusca que fuera, pero se alegra que la voz de ella no suene así y sea Antón el que está frente a él.

[Leer capítulo Veintisiete : Las manos de los filósofos]

lunes, 8 de febrero de 2010

Diecisiete : Antón y las hormigas

Nils Vincent Chesterton no sabe cuánto tiempo ha pasado cuando abre los ojos y ve a la Religiosa Naturista sonriendo a su lado. La Religiosa se gira y empieza a caminar. Nils le sigue. Ella ya no se gira. Él ya no observa a su alrededor. Los pasillos laberínticos y largos y blancos son parte de la despedida para que uno vaya haciéndose a la idea de que le espera el exterior con su gris y su ruido.

Se despiden con un gesto mudo como quienes han compartido ya mucho y no necesitan de palabras. Nils puede sentir la sangre corriendo más lenta en su interior, percibe su cuerpo más ligero y puede escuchar el silencio que habita en él.

El hola de Antón llega a sus oídos y sus ojos se achican y sus hombros se levantan como quien está a punto de oír un portazo inevitable provocado por una ráfaga de viento.

Caminan caminan caminan y Nils no sabe a dónde van ni por qué calles lo hacen.

De los libros sobre Hadas, del estanque, de su trabajo, Nils imagina de qué podrá hablar con los amigos de Antón y ensaya frases que puedan hacerle parecer interesante. Le gustaría caerles bien y que Antón se sintiera orgulloso de haberle llevado. Antón parece estar más contento que de costumbre, porque aunque apenas le habla, le mira y sonríe.

Llegan a una calle donde Nils diría que hay menos luz que en el resto de la zona gris y más edificios anteriores a la Gran Catástrofe. Antón se para un instante y como si lo eligiera al azar, decide acercarse al edificio de apariencia más antigua. Estás seguro de qué es aquí, pregunta Nils al sentir la duda de Antón. Podríamos entrar por otro, pero acabo de elegir el edificio más bonito para ti, le contesta Antón en tono bromista, pero amable. No pensaba Nils que pudiera, su nuevo amigo, tener esa delicadeza, pero le gusta ese rasgo recién descubierto. Y siente que está muy contento de estar allí junto a Antón y que no le importa en absoluto no cenar.


Suben dos escalones estrechos de piedra gastada por el centro, llaman a la puerta. Nils puede oír como alguien camina al otro lado, se para, suspira y, sin abrir la puerta, una voz pregunta, ¿hormiga? A lo que Antón, apoyándose en la puerta, susurra. Una vez lo fuimos. Y la puerta se abre. Antón saluda a Etta, una mujer gorda de sonrisa grande. Nils observa a esa mujer de dientes enormes y blancos que cierra su boca tras la sonrisa que les ha dedicado. Etta vuelve a sentarse cerca de la puerta en una butaca de color verde y mirando hacia el techo, espera. Espera a que alguien vuelva a llamar a la puerta, cree Nils, al que le gustaría quedarse toda una noche mirando a Etta, pues nunca antes ha visto unos dientes como aquellos.

Nils y Antón recorren un pasillo que les lleva a un comedor amueblado con sillas, mesas y unas estructuras que Nils no ha visto nunca y no sabe cómo se llaman que lo rodean todo. Sin duda, se trata de una de las pocas casas conservadas. Antón levanta la mesa desde uno de los laterales y pegado a sus patas un trozo de suelo se abre frente a Nils. Unas escaleras permiten que ambos bajen y gracias a una palanca, pueden, desde dentro, cerrar la puerta del suelo y dejar bien colocada la mesa.

Ante el silencio expectante de Nils, Antón le explica que hay muchas entradas, pero que ha elegido la más efectista para sorprenderle. Nils sonríe de medio lado no para parecerse a Antón, sino porque no le hace mucha gracia sentir que entra a un lugar que seguro está prohibido. Bajan y bajan por unas escaleras estrechas que dan a una salita oscura con paredes húmedas de piedra.

Se oye rumor, ruido que se convierte en sonidos claros y palabras cuando entran en una habitación alargada. ¡Estamos!, saluda Antón y todos gritan, ¡Estamos! y ríen como si fueran terriblemente felices. El techo bajo y abovedado hace que los sonidos se repartan y paseen por todos los pasillos, la humedad es más intensa que fuera y olores desconocidos hacen que Nils agudice la nariz intentando encontrar nombres que los identifiquen.

Y este lugar… Era un refugio antiaéreo antes de la Gran Catástrofe, acaba la frase Antón. La mayoría se han perdido u olvidado, pero nosotros conservamos éste. ¿Y lo saben los Urbanistas? Antón se gira bruscamente, parece que va a gritarle o algo así, pero su cara se relaja y, ¿tú qué crees?, le dice. Nils sabe que no se acostumbrará nunca a estas preguntas que no necesitan respuesta, pero que casi las prefiere a las medias frases de Antón. De éstas puede encontrar las respuestas; de aquellas, no la continuación.

Pasillos y más pasillos que se abren en pequeñas salas y se vuelven a cerrar en paredes que toman forma de embudos. Mesas de todas las formas y tamaños, sillas, sillones y butacas ocupados por hombres y mujeres que hablan, ríen, saludan, beben y algunos, juraría Nils Vincent Chesterton, que cantan. Sin embargo, lo que más le extraña a Nils es que a la mayoría le faltan dientes. Antón saluda a unos, mueve la mano hacia otros, hace un gesto con la cabeza. Parece que todos se conocen y entonces Nils piensa que sin duda allí no es importante que más de ocho personas no se puedan reunir. Aún así le pregunta a Antón. Éste ni siquiera le contesta, se ha girado y le ha mirado como nunca le había mirado. Nils reconoce en esa mirada la condescendencia, con mucho cariño, eso sí. No sabe por qué, pero Antón le aprecia, eso puede saberlo sin tener que preguntarlo, simplemente, lo puede sentir. Como puede sentir un cosquilleo nuevo, no necesariamente agradable, al estar seguro de que no deberían estar allí.

Llegan a una habitación más grande que las anteriores llena de mesas y sillas desiguales donde hombres y mujeres desdentados y sonrientes hablan, beben y parecen cantar. Algunos están de pie y apuran los vasos y las palabras. ¡Estamos! Saluda Antón, más efusivo que las veces anteriores, y todos se levantan, ¡Estamos!, para abrazar a Antón. Nils Vincent Chesterton nunca ha visto abrazos como esos. Tan duros, fuertes e intensos, no sabe si sabrá corresponder a uno, por suerte es algo entre amigos. Y, de momento, él no lo es.

Antón mira a los chicos y les presenta. Éste es Nils Vincent Chesterton. Después mirando a Nils nombra mientras señala a Tom, que le mira desde una sonrisa burlona; Charles, que levanta su vaso medio lleno a modo de brindis; Odetta, que le guiña un ojo; Patti, que le mira fijamente; Syd, Leonard, Jack y Jacques.

Antón le explica que no son sus verdaderos nombres, son sus nombres de guerra. Y todos ríen. Jack le cuenta que son cantantes, escritores, personajes de antes de la Gran Catástrofe de los que han tomado sus nombres para no ser hormigas. Esta explicación no le aclara nada, pero no se atreve a decirlo. Quiere caerles bien.

Mientras Antón desaparece por la columna de la izquierda del final de la oscura sala, Nils se pregunta por qué saben tanto sobre la vida antes de la Gran Catástrofe, de dónde habrán sacado esos nombres, si “Antón” será nombre de guerra o de hormiga y quiénes serán las hormigas. Antón regresa y le entrega un vaso que desprende un olor terrible, pero que a Nils le parece lo mejor del mundo cuando Tom levanta su vaso, brinda por el nuevo guerrero y todos ríen. No sabe tan mal como huele, piensa Nils, que cuando pregunta y le dicen que es destilado de hormiga no se lo cree, pero que decide no insistir porque sabe que esos tipos son malos respondedores.

Es muy agradable sentir el codo de Syd junto a su brazo, estar apretado entre éste y Jacques. Jacques no es muy hablador, parece pensativo, como si estuviera en otro lugar. Le gusta la fuerza con la que Charles coge el vaso como si al dejarlo en la mesa éste se fuera a ir corriendo, los vacía con facilidad y regresa a la barra, que queda tras la columna, a por más.

Y mientras va sintiendo un profundo calor que va de dentro a fuera, mientras les observa, llega, Nils Vincent Chesterton, al profundo convencimiento de que no hablará nunca con ellos de Hadas ni de trabajo, que es inútil ensayar conversaciones y que escuchándoles aprenderá, aprenderá aunque aún no sepa el qué. Además, al tercer vaso de hormiga destilada, que Antón y Odetta se han encargado de servirle, ha dejado de contar las normas saltadas.

[Leer capítulo Dieciocho : Sinfonía nº 9]

lunes, 5 de octubre de 2009

Nueve : La gran idea

Suena la música del despertar cuando son las cinco, hoy, sin embargo, no tiene que ir a trabajar. Hoy puede quedarse remoloneando, es su día de fiesta. Pero Nils Vincent Chesterton no es de los que remolonean. Así que estira el brazo fuera de la manta y siente el frío de la mañana, dobla una punta del cojín y palpando el suelo con la mano derecha, coge el libro que la noche antes dejó junto a la cama. Lo enciende y elige el archivo del cuento de hadas que encontró en la Sala de lectura.
La pantalla luminosa en la oscura habitación le hace sentir como si leyera un secreto, algo que sólo a él le es permitido saber. Le gusta esa sensación sin nombre.
Las hadas viven sin tiempo y eso le hace pensar. Viven adaptando los rostros de otros, entonces Nils imagina que rostro eligiría de ser hada. No conoce mucha gente. Piensa en aquellos que se encuentra cada mañana en el metrobús. Algunas mañanas consigue descubrir en los ojos aún dormidos de los que se sientan frente a él restos de sueños que caminan bajo sus párpados. Entrar a hurtadillas en los ojos de otros es como robar intimidades, no le gusta eso, pero la verdad es que él no puede soñar y le gustaría mucho. No sabe qué son los sueños ni si tienen utilidad o sentido, pero sí les atribuye algo de mágico y especial.

Sigue imaginando caras que ponerse y piensa en Antón, el recogedor de llaves, y sonríe. No, la cara de Antón no es la que uno eligiría si pudiera hacerlo.
Piensa en el rostro de ella y, de nuevo, ese tarareo vuelve a su cabeza. Mezclándose con la música del despertar, el sonido de recuerdos a los que no puede acceder.
Sigue leyendo sin mucha concentración hasta que como un rayo, una revelación o un pensamiento que no ha ido a buscar se le ocurre una gran idea. Sí, sin duda lo es. En la zona gris eso es imposible, pero sabe de otras zonas donde sí se puede. Tal vez, le dejen visitar una de esas zonas. Pedirá una licencia especial. Una licencia para ver el sol.
Él cumple con la normativa ecologista vigente y eso seguro que el Estado se lo tiene en cuenta. Además, tiene méritos acumulados por asistir a las celebraciones de las Religiosas Naturistas, por entregar la ropa al servicio de limpieza puntualmente y por respetar las normas de transeuntismo.
Salta de la cama, se viste deprisa y se enfunda el abrigo, ensaya una sonrisa y sale a la calle. Nils Vincent Chesterton está nervioso y excitado, puede oir su respiración exaltada y si alguien le prestara si quiera un poquito de atención, ese alguien podría escuchar sin esfuerzo unos apasionados latidos.
Nils Vincent Chesterton quiere ver el sol. A los espacios de sol y a las zonas verdes tienen preferencia los ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, Nils no es de ninguno de esos estratos, pero gracias a su trabajo en la fábrica, tal vez, le concedan un acceso puntual para el disfrute del sol. Eso sí, siempre que rellene el formulario adecuado y se le considere digno del privilegio.
Camina a grandes pasos hasta el edificio oficial de final de zona. Le sobra el abrigo, siente un desacostumbrado calor; le sobran los zapatos, que él quisiera calzar ahora unas alas.
Al llegar presenta identificación y le indican que suba a la cuarta planta. Allí le pide amablemente que espere una secretaria vestida de gris. Si no fuera por su triste mirada, esa cara podría ser también un rostro a elegir, de ser hada, piensa Nils Vincent Chesterton, mientras espera.

[Leer capítulo Diez : El empleado del mes]


lunes, 7 de septiembre de 2009

Siete

Nils Vincent Chesterton muestra su identificación a la cámara. Y entra en la fábrica de dientes. A lo lejos, el gran edificio central, callado superviviente de la Gran Catástrofe, le da los buenos días. Hoy llegó puntual, aunque hoy eso no le importa demasiado, sólo merodea en su cabeza la cara dormida de la chica que vio en el metrobús.
Entra en su habitáculo, descuelga la bata y la apoya en la silla, se quita el abrigo, lo cuelga donde antes estuvo la bata, y se coloca ésta con lento cuidado. Traslada el lápiz de la mesa a la pequeña cornisa de la ventanilla. Abre la ventanilla y coloca la silla frente a ésta. Entonces, se sienta a esperar.
Nils siente frío y se acurruca en la silla, aunque sabe que acurrucarse no sirve de nada es un gesto casi instántaneo, como si ocupando menos espacio el frío fuera menor. Pica con los pies en el suelo para deshacerse de la humedad, para engañar al astuto frío que se apodera de los pensamientos.
A los pocos minutos, después de una eternidad si la contamos por el frío, una boca aparece en la ventanilla, se apoya en el arrimadero y se abre frente a él. Inicia un nuevo día de bocas abiertas, calladas y enfermas. Con el lápiz de luz alcanza a contar tres caries, anota en la pantalla de la pared esa cifra y sin mediar palabra la boca desaparece.
Cinco bocas y nueve caries después, cierra la ventanilla. Sin quitarse la bata, se pone el abrigo. Sale y cierra la puerta con llave. Son las diez cuando espera a que el recogedor de llaves reparta el alimento matinal. Llega su turno y el recogedor coloca su bandeja en el estante colocado junto a la puerta, una estrecho resorte que sobresale de la pared, a un metro del suelo. Los trabajadores comen de pie y deprisa, hay más humedad, si cabe, dentro que fuera, por suerte el sopicaldo está caliente y es agradable sentir como a través de la garganta uno puede calentarse todo el cuerpo. Nils es el último en recibir la comida, el último de la fila, así que el recogedor, a veces, pasea por la explanada y otras espera junto a Nils a que todos acaben. Nils nunca ha hablado con él, pero hoy le parece extraño que esté tan cerca y no decirle nada. Busca palabras, pero no es fácil romper el silencio. Piensa que podría hablarle de la ceremonía de las Religiosas Naturistas y del altercado del final, pero eso es más incómodo aún. Le mira. Bebe el sopicaldo y se miran. Está calentito, se atreve a decir. Sí, le contesta, yo ya comí y la verdad es que está bueno y sienta bien, añade el recogedor. Mi nombre es Nils, dice Nils. El mío Antón, dice el recogedor. Hoy he llegado a la hora exacta, dice Nils. Pero este mes no creo que llegue a ser el empleado modelo. Antón sonríe de mediolado. Como si le pareciera divertido. La verdad es que me gustaría. Claro, dice Antón, a todos nos gustaría. Pero no parece que a Antón le haga tanta ilusión como a él, lo ha dicho por decir, cree Nils.
Cuando regresa a su habitáculo, Nils está contento, no ha sido tan difícil conversar, Antón es un hombre amable. Aunque siempre parece que habla sin decir lo que piensa. Le gusta que se ría de mediolado como si no le hicieran gracia las cosas, pero se riera de todo por dentro. No, no es bien bien así, piensa Nils, pero es difícil explicar las sonrisas. Y más cuando uno no está muy acostumbrado a verlas. Antón sonríe como quien guarda un secreto, sí. Seguro, piensa Nils, que Antón sí sabe soñar, mañana le preguntará sobre eso.

Al salir del trabajo decide volver dando un paseo a casa. Pasaron los meses oscuros y es agradable estirar las piernas. Siempre le gustó esta frase. Nils recuerda vagamente cuando la oyó por primera vez, se recuerda a él mismo riendo imaginando unas piernas estirándose. Nils a veces crea imágenes en la cabeza que nacen de palabras o de gestos. Cuando eso ocurre, se siente un poco como un niño. Aunque en la zona gris no hay niños, imagina que los niños inventan como él, si un día ve alguno le hablará de sus imágenes, piernas que crecen y hombres que tienen que agachar la cabeza para no darse con el techo que cubre la ciudad.

Nils Vincent Chesterton camina mirando los altos edificios, las casas de fachadas blancas habitadas por las Religiosas Naturistas, las viejas construcciones que sobrevivieron a la Gran Catástrofe, las farolas que iluminan la ciudad. Camina y piensa en ella. Su rostro y esa canción que le mantiene alejado de los recuerdos, pero que le anima los pasos.
Mañana, piensa Nils, mañana le diré algo.



[Leer capítulo Ocho]


lunes, 22 de junio de 2009

Cuatro

Llega el turno de Nils, el recogedor de llaves le entrega el alimento matinal y le comunica que hoy deberá recoger el material y entregar las llaves una hora y cuarto antes de lo acostumbrado. En la parte trasera del edificio, unas Religiosas Naturistas darán una breve celebración, de asistencia voluntaria, para todos los trabajadores de la fábrica. Contribuyendo así a su bienestar espiritual y a su condición de buenos empleados, ha dicho el recogedor sin mucho convencimiento, le ha parecido a Nils, como si repitiera de memoria algo que no cree del todo. A Nils, sin embargo, le divierte la palabra bienestar. Además, le gusta la voz de las Religiosas Naturistas, es suave y le adormece. Y, aunque luego, suele olvidar de qué han hablado, sí le hace sentir bienestar escucharles.

Nils Vincent Chesterton, a la hora prevista, sube la cuesta que separa su habitáculo de la fábrica donde se encuentra el edificio de los hacedores de dientes. Y, siguiendo a los demás trabajadores, entra en el estrecho callejón del lateral izquierdo de la fábrica. Todos se dirigen a la reunión. Ataviados con abrigos les imagina con la misma humedad que cala en sus huesos. Le gustaría decir algo, tal vez sobre el frío, sólo por sentirse hablando con otros. Pero no se atreve. Nils busca entre las filas de asistentes que se dirigen al patio trasero al recogedor de llaves, la única cara que le resultaría conocida, pero no logra encontrarlo. Delante de él dos hombres miran a un lado y a otro, mientras murmuran. Nils intenta oír lo que dicen sin conseguirlo; los adelanta y estira el cuello hacia atrás en un segundo intento de saber de que hablan, pero hablan en voz muy baja y Nils desiste.
Al final del callejón, se abre el gran patio trasero. Es la primera vez que hacen una conferencia allí. De hecho, es la primera vez que Nils está en el patio de atrás de la fábrica. A un lado los edificios centrales y los callejones laterales; al otro, las vallas que separan la fábrica del exterior, y cierran el cuadrado que es el gran patio dos muros altos. Como techo una densa uralita diferente a la que cubre el resto de la zona gris, la parte de la ciudad donde vive Nils.
A las tres en punto, todos los empleados esperan. Pasean de un lado a otro, se miran y observan el espacio que, al parecer, para todos es desconocido.
Por el callejón de la derecha hacen su aparición dos Religiosas Naturistas, tranquilas y sonrientes se colocan en el centro del patio, mientras los empleados sin dejar de observarlas se van disponiendo en círculos concéntricos, según el estatus que ocupan dentro de la fábrica, alrededor de ellas. A Nils, por muchas veces que lleven a cabo este ritual y sea donde sea, siempre le parece sorprendente la facilidad con la que tantas personas son capaces de ocupar un lugar en orden y silencio, le gusta, es como un baile, piensa él, aunque no conoce muchos bailes.
Nils escucha atento. Han venido a hablarles de la felicidad del nuevo mundo y de la gratitud que deben por ello, de lo lejos que queda la violencia de los tiempos que llevaron a la rebeldía y, en consecuencia, a la destrucción. Nils escucha hasta que esas mismas palabras que oye le llevan a un estado, ya conocido, de plenitud y docilidad. Deja de oír para hacer suya esa felicidad que siempre llevan consigo las Religiosas Naturistas. Cuando regresa de sus pensamientos, la conferencia, que le ha resultado muy breve, acaba. Las últimas palabras de las Religiosas Naturistas son de celebración ante el final de los meses fríos. Mañana las restricciones debidas a la temporada oscura terminan. Una frase de gratitud al Nuevo Orden Con gratuidad lo recibisteis, dad pues paz y gratitud y se despiden inclinando la cabeza, a lo que todos responden Paz y gratitud.
Del mismo callejón que las Religiosas Naturistas aparece el que cree Nils es el jefe de la fábrica, rompiendo los círculos se hace camino entre los empleados y se coloca frente a las Religiosas Naturistas, se despide de ellas con un gesto parecido al de ellas, inclinando la cabeza. Paz y gratitud. Sonrientes y tranquilas, por el espacio abierto que él ha dejado, caminan hasta el callejón derecho y desaparecen.
El hombre que cree Nils que es el director de la fábrica se dirige a todos indicándoles la salida, tan sólo tienen que acercarse a la valla que queda tras ellos, cuando estén todos dispuestos un guarda de control les abrirá la puerta. Un transporte especial les espera ya. Allí les recogerán y tomarán sus datos identificadores para premiarles por su presencia en la celebración. Recibir méritos es importante para poder, si se da el caso, pedir licencias. Si algún día uno no asiste al trabajo por causa de leve justificación o desea acceder a visitar otra parte de la ciudad, estos méritos son tenidos en cuenta. Por eso y, sobre todo, por el bienestar, sonríe Nils mientras piensa en esa palabra, es bueno acudir a las reuniones organizadas por las Religiosas Naturistas.

Recorren el patio y esperan, el guarda de control abre la puerta y pueden acceder con apenas unos pasos al interior del transporte especial. Unos gritos que parecen llegar de detrás de las vallas, le hacen girar la cabeza, pero el guarda de control le indica que suba y no llega a ver quienes gritan. Aturdido por las voces que empiezan a apagarse y por un destello que se filtra por las grietas de un rincón del techo de uralita, Nils sube a la nave de transporte. Es el último en entrar. Se cierra la puerta tras él. Muestra su identificación y puede leer en la pantalla Su presencia en la celebración es un bien para todos. Gracias Nils Vincent Chesterton.

[Leer el capítulo Cinco]