Vuelve a colgar el abrigo. De momento, el trozo escrito está bien ahí. Guardado. Podría destruirlo, pero se aferra al misterio de un mensaje que no entiende y a una desacostumbrada sonrisa que, de alguna manera, le hizo sentirse diferente.
Pero hay algo más, Nils Vincent Chesterton intenta imaginar a la desconocida que ha tenido la necesidad o, tal vez, el capricho de decirle algo. De escribirlo. Por primera vez desde que recibió el mensaje, puede pensar sobre todo ello con claridad. Por primera vez, se atreve a poner palabras a las dudas y a las imágenes que pasan por su cabeza sin que él pueda controlarlas. Debe ser una mujer joven. Y valiente. Con acceso a material extraño. El trozo escrito es flexible y extrañamente frágil. A Nils le da la sensación de que si lo acaricia mucho acabará por desvanecerse en miles de motas de polvo entre sus manos. Puede que lo que mueve a la desconocida no sea valentía o afecto, puede que, sencillamente, esté loca. Nils ha leído sobre los locos. Seres cuya mente no piensa con lucidez y luchan contra lo establecido creando delirantes teorías sobre los que ejercen el poder. A él no le parece de loca la sonrisa que vio ni lo que dice su mensaje. Pero sí el hecho de metérselo en la boca y, como quien habla, dejarlo caer, para que él lea como quien escucha lo que quiere decirle.
Nils Vincent Chesterton se aferra a las sensaciones, pues saber no sabe nada. Se le ocurre que, de momento, lo mejor es que pase el tiempo. Él siempre ha sido una persona paciente, aunque ahora no le salga muy bien eso de esperar. La desconocida podría volver. O, tal vez, más adelante, cuando se sienta más seguro de poder confiar en ellos, contárselo a Antón y a los chicos.
Vuelve a colocar la hebilla en el cinturón. Pero justo cuando Nils está a punto de poner el cinturón en el pantalón, se le ocurre. Se sube, cinturón en mano, a la cama y se acerca al respiradero. Qué maravilloso invento, piensa Nils Vincent Chesterton sonriendo, éste del cinturón.
A través de una de las rendijas del respiradero va introduciendo el alargado cinturón. La hebilla hace de tope para que éste no se caiga ni resbale. Ahora sólo tiene que bajar y desde la calle ver desde donde cuelga y saber, al fin, que piso es el suyo. En qué planta le posa cada día el inteligente y silencioso ascensor.
Se coloca los zapatos y se viste el abrigo sobre el mono azul gastado. Toma su identificación. El ascensor le lleva hasta la planta baja. En la calle, cruza hasta la acera de enfrente y levanta la cabeza. Cuenta siete respiraderos antes de llegar a ver su cinturón colgando de una de las rendijas. Así que, como la planta baja no tiene entradas ni salidas de aire, su piso es el número ocho.
Nils Vincent Chesterton sabe que esta información no le sirve absolutamente de nada. Pero le gusta tenerla. Así que, girando sobre sus talones, se dirige feliz y un poco más osado hacia los cenadores.
La luz cegadora de siempre le da una fea bienvenida. Se sienta, tras recoger su bandeja, en una de las mesas largas, en una punta. Y sólo cuando ya está acabando de ingerir sus vitaminas, se da cuenta de que ni siquiera se ha fijado en las personas que cenan cerca de él. Una mujer de pelo cano habla con otra, sentada frente a ella. Nils no llega a oír sus palabras, más parecidas a suspiros que a palabras. En la mesa contigua un hombre come solo y Nils se ve a sí mismo en él. Sólo que ese hombre no sonríe. Y Nils Vincent Chesterton se descubre haciéndolo.
Ha pasado un día desde que conoció a los chicos de Antón. Pero, de alguna manera, se siente diferente. Se sabe guerrero y no hormiga. Aunque no sepa muy bien qué significa eso. Pero Tom brindó por ello y a Nils Vincent Chesterton no se le ocurriría llevarle la contraria a un tipo como Tom. Y levantando el vaso de líquido proteínico, Nils Vincent Chesterton, brinda con el aire. ¡Por el nuevo guerrero!
[Leer capítulo Veinticuatro : Feos]


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