Hace días que no la ve, una eternidad, en realidad, le parece a Nils, pero recuerda todos los detalles de su rostro. Las manos de Nils aprietan la hebilla con fuerza y ésta, la pared. Araña, cincela, rasca, esculpe y sopla la pared.
Sus ojos eran más alargados. Sopla y retira el polvo de yeso. Lástima no poder dibujar el azul. Hay zonas de la pared donde la hebilla resbala con facilidad y crea surcos profundos y claros. En otras cuesta más y al agarrarla con fuerza, los dedos de Nils se enrojecen. Raya en medio. Recuerda. Bien peinada. Sonríe. Largos mechones, uno a cada lado de su cara delgada. La frente inclinada hacia delante como aquel primer día. Nils araña suavemente la pared para crear el último rasgo. El pómulo izquierdo más marcado, como cuando ella sonríe.
Nils Vincent Chesterton da dos pasos hacia atrás sin perder la pared de vista. La observa. Ladea la cabeza levemente. Achica los ojos. Traga saliva y suspira.
Regresa al rostro dibujado, sopla suavemente sobre él, retira el polvo de los surcos con la mano, como en una caricia. Y suspira.
Cuando se sienta en la cama, cuando con la hebilla todavía en la mano, mira el rostro de Eva mirándole desde la pared, cuando piensa que le gustaría poder ver el azul de sus ojos, a Nils Vincent Chesterton le extraña la profunda ternura que siente. No recuerda su infancia, pero está seguro de que esa sensación pertenece a entonces.
[Leer capítulo Veintitrés : Miles de motas de polvo en las manos]


1 comentario:
Imma!!! Lo consigues!! Nos tienes a todos enamorados de esa misteriosa Eva....
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