Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.

martes, 20 de julio de 2010

Veintisiete : Las manos de los filósofos

Delante del número 11 de la calle más oscura de la zona gris, Antón se para, saca una gran llave y la introduce en la cerradura. No es la primera vez que Nils Vincent Chesterton ve una llave, pero siempre le parece algo divertido y antiguo. Seguramente, las personas que vivieron antes de la Gran Catástrofe llevarían abrigos de grandes bolsillos para poder guardar en ellos esas enormes llaves que abrían grandes puertas. Sin embargo, la puerta que hay bajo el número 11 es pequeña, tanto, que Nils tiene que agachar su cabeza para no darse con el umbral.

Una estancia vacía, fresca y sin luz les recibe. Cuando cierran la puerta es imposible ver nada. Siente la mano extendida de Antón buscando la suya para poder guiarle. Este acceso es más feo, pero mucho más seguro, le dice Antón. Pero Nils apenas le escucha, sólo piensa en lo raro que es tocar a alguien. No sabe si sentir la mano de Antón, robusta y callosa, es agradable o no, solamente sabe que le desconcierta.

Bajan por unas estrechas escaleras levemente iluminadas. Se separan sus manos y Nils Vincent Chesterton siente la ausencia de la mano de Antón, un poco de sudor en la suya y extrañeza. Los escalones no son uniformes y se siente torpe dando pasos, a veces, pequeños; otras, profundos. Cuando los escalones son muy altos, se apoya en las paredes que le dejan en las manos un olor a yeso y humedad. Y, al fin, tras una puerta gruesa que aísla el ruido, llegan a la gruta donde mujeres y hombres beben licor de hormiga, ríen desdentados y parece que canturrean canciones que nunca Nils había oído antes.

¡Estamos! Dicen a la vez Antón y Nils como si lo hubieran ensayado. ¡Estamos! Corean Tom y los demás. Los recién llegados se desprenden de sus abrigos y, antes de sentarse, ya tienen frente a ellos dos vasos rebosantes de licor de hormiga.

Patti le cuenta que ellos llaman Posca al licor de hormiga. Que Posca era una antigua mezcla de líquidos que los hombres antiguos, mucho más antiguos que los causantes de la Gran Catástrofe, los que pertenecían a las clases más bajas, bebían para refrescarse, emborracharse o evadirse.

Nils Vincent Chesterton escucha a Patti con atención mientras ella habla y mueve las manos como si dibujara cada cosa que cuenta. Le gusta que a cada sorbo de Posca, Patti se relama los pelillos que tiene sobre el labio formando un fino e imagina que suave bigote.

Nils Vincent Chesterton, que no lo esperaba, sonríe agradecido a Etha. Ésta le trae un plato con algo para comer. Sólo para él, dice, este chico no ha comido nada en todo el día. Y todos sonríen socarronamente. Tienes que dejar de tomarla, le dice Jacques. La pastilla marrón, aclara. Aún es pronto, pero verás que es mejor no hacerlo. ¿Para qué es pronto?, se inquieta Nils. Ya lo verás. ¿Qué veré?, pregunta expectante, pero confiado. Digamos, empieza a hablar Syd carraspeando, que más o menos lo mismo.

Nils Vincent Chesterton sabe que no van a contarle nada más. Que ya han dicho mucho. Come lo que tiene el plato que no acierta a reconocer ni se atreve a preguntar. Tiene tantas preguntas rondándole la cabeza. Pero con los amigos de Antón, como con el mismo Antón, en lugar de responderlas, lo habitual es encontrar aún más preguntas que hacerse.

Le recuerdan a los filósofos, seres muy anteriores a la Gran Catástrofe que se lo preguntaban todo, la duda les llevó a la autodestrucción o, al menos eso entendió Nils, y desaparecieron. Lo leyó en la Sala de lectura. ¿Serán estos como los antiguos filósofos?, se dice Nils en voz baja, o eso cree él, pues todos han oído su reflexión y ahora ríen desdentados a carcajadas. Leonard, con los ojos brillantes y burlones, le contesta. Claro.

Tom alza su copa y propone un brindis por los filósofos. A Nils Vincent Chesterton no le importa haber pensado en alto y que ahora brinden riéndose un poco a costa suya. Y le importa aún menos, pues siente que se avecina una aventura, cuando el mismo Tom, tras apurar el vaso, grita. ¡Subamos! Y todos responden con un tácito sí al dejar sus vasos con un golpe seco sobre la mesa.

Nils siempre acaba su Posca más tarde que los demás. Imita a los otros dejando el vaso brusca y firmemente sobre la mesa. Mira a Tom y sonríe. Y eso, todos lo saben, es un sí. ¡Subamos! Donde quiera que sea, piensa Nils Vincent Chesterton.

[Leer capítulo Veintiocho : Rendijas, perros y voces]

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