Cuando la puerta del ascensor se abre, aparece ante él el segundo piso. Una gran sala con ventanas a un lado, largas mesas de color beige en medio y mostradores al otro lado. Paz y Gratitud, repite ahora, más por desamparo que por alegría, que la oscuridad gastada del traje y la voz del hombre le caló en los huesos como la humedad de la calle.
Al menos, hay ventanas, piensa Nils acercándose a ellas, es extraño ver la ciudad desde ahí, tan sólo es un segundo piso, pero puede tener otra perspectiva de las calles, de los hombres y mujeres que caminan con las manos en los bolsillos de sus abrigos, el frío, piensa, también se puede ver.
Pensaba que un funcionario le entregaría la pizarra electrónica, sin embargo, frente a él una cola dispuesta horizontalmente espera frente a un mostrador rotativo. En él diferentes artilugios dan vueltas bajo una vitrina hasta que alguien los escoge. Nils Vincent Chesterton ha oído hablar de los mostradores rotativos, pero no sabe bien como funcionan. Espera a que alguien actúe primero. La mayoría de objetos son pizarras electrónicas, pero hay otros aparatos de uso cotidiano. A su lado, una mujer aprieta el botón que está situado bajo el mostrador. El mostrador se para. La mujer pasa lentamente su identificación por el sensor situado junto al botón, y la vitrina del mostrador se abre permitiendo que la mujer recoja un explicador de obstáculos. Nils mira a la mujer y se da cuenta, por la posición ladeada de su cabeza y por sus ojos achicados, que consigue ver, pero con dificultad.
Nils se agacha y ve el botón, es cuadrado y amarillo. Ha estado atento a lo que se tiene que hacer, así que apoya su mano sobre el botón y cuando una pizarra pasa cerca de él, lo aprieta. El sensor reconoce su identificación. Recoge una pizarra. La vitrina se cierra y Nils busca un lugar en las mesas.
Coge un lápiz óptico de encima de la mesa, está atado con un hilo para que nadie se lo lleve. Aunque le resulta complicado escribir atado, le parece divertido. Imagina como sería un mundo lleno de hilos, más gordos y más delgados, para que nadie se llevara las escaleras, los edificios, el techo que cubre la ciudad o a las personas. Una ciudad llena de hilos que se enmarañasen hasta que nadie pudiese saber qué es lo suyo y qué de los demás. Se siente tonto cuando tiene estas ideas, pero un tonto feliz, se imagina que alguien le mira y le lee los pensamientos y se ríe con él. Buscando la mirada cómplice de alguien que pueda leer sus tonterías tropieza con ella. En la mesa de enfrente está sentada la chica del metrobús y, sin saber cómo llegó desde el olvido, recuerda su nombre. Eva. Eva, Eva, Eva. Se repite en voz bajita. Y ella levanta la mirada, como si, en realidad, él la hubiera llamado y ella le hubiera oído. Y Eva le sonríe y él no sabe qué hacer mientras siente que empieza a sudar y que un inmenso calor le pone rojas las orejas, sus grandes y tristes y, ahora, rojas orejas. Ella vuelve a su pizarra y Nils a la suya. Finge que lee, finge que entiende, pero no puede escribir porque todas las letras han empezado a moverse borrosas, a reírse, a dar vueltas a sus anchas por la pantalla. Mientras, él sólo puede pensar si se oirán ahí afuera sus latidos.
Cuando consigue que todo se calme dentro de su delgado cuerpo, cuando su pulso se normaliza y ya no le tiemblan las manos, cuando reúne fuerzas para hacerlo, mira de nuevo hacía ella, pero ya no está, sólo la silla vacía. Suspira aliviado y , extrañamente, se alegra de que ella se haya ido.
[Leer capítulo Doce : Luz y niebla]


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