Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.
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viernes, 6 de agosto de 2010

Veintiocho : Rendijas, perros y voces

Arrastran las sillas brusca y ruidosamente, se levantan como si, de repente, estos hombres tranquilos tuvieran mucha prisa. Nerviosos y excitados pasan entre las mesas saludando a los otros hombres y mujeres. Algunos se suman a la excursión, a ese ¡subamos! que Nils no sabe dónde les llevará. Etha se para y brinda con una mujer de mirada tristísima. Se abrazan y se miran con ternura. Pero la mujer no sube con ellos.

Cruzan la puerta y suben los escalones oscuros, desgastados y deformes. Gritan contentos y recorren pasillos laberínticos que Nils apenas ve, pero por los que puede guiarse siguiendo las voces y los pasos de los demás que caminan con más seguridad, aunque con algún balanceo fruto del Posca. Cree que es Syd quien le da unas palmaditas y le aprieta el hombro animándole como si pudiera ver su cara asustada. Nils Vincent Chesterton confía en ellos, pero… Alguien ha abierto una puerta que chirría molestamente y ha interrumpido sus pensamientos. Un aire húmedo se deja sentir en la atmósfera.

Salen de uno en uno por la vieja puerta a una gran y destartalada azotea. Las luces de la calle no son intensas, pero puede ver más que en el interior del caserón. Tal vez, sus ojos se están acostumbrando a la penumbra. Las baldosas rotas del suelo suenan al caminar sobre ellas y la barandilla tiembla insegura entre sus manos cuando se asoma a ver la ciudad. Las calles están silenciosas y Nils Vincent Chesterton siente el cosquilleo en el estómago de quien está donde no debería. Se está acostumbrando también a ese cosquilleo, piensa.

Nils se gira y ve como todos, sentados en el suelo, tumbados, apoyados los unos en los otros, estirados, miran hacia arriba. Entonces, extrañamente, reina el silencio.

El techo de la ciudad, justo sobre este edificio, está agrietado, dejando que a través de las rendijas puedan verse unos diminutos y extraños destellos que Nils nunca había imaginado que pudieran existir. Luces de un cielo desconocido, al menos para él, piensa, que se cuelan descaradas para poder ser vistas y admiradas.

Nils nunca había estado ni tan arriba ni tan acompañado ni tan sorprendido. Nunca había pensado qué podía haber tras esas placas gruesas que cubren parte de la ciudad y que convierten a esa zona en la zona gris. Ahora puede verlo, luces brillando y la rotunda oscuridad de lo que hay más allá.

Tom se levanta parsimonioso, saca de su bolsillo un trozo escrito y nadie se sorprende, sólo Nils que se da cuenta que es igual que el que él lleva en el bolsillo del abrigo, sólo que más grande, amarillento y desgastado. Siente la necesidad de tocar el suyo, pero lo dejó abajo, en el abrigo, apoyado en la silla. Nils Vincent Chesterton se siente desconfiado y muy absurdo por no haberles mostrado antes el pequeño secreto que sus nuevos amigos, sabe ahora, podrían haber entendido. Se sienta sin saber cómo hacerlo. Nunca se ha sentado en el suelo. No sabe si será más cómodo apoyar las rodillas contra el suelo o sentarse con las piernas cruzadas o de lado dejando que su brazo sostenga el peso. Opta por la segunda opción, no es cómodo, pero tampoco se está del todo mal. Tal vez, una de esas mujeres que ahora están tumbadas en el mismo suelo que él, sea la dueña de la sonrisa que le entregó su trozo. Y, aunque eso sólo tal vez, mira a su alrededor buscando entre las bocas que le rodean alguna que le sea conocida, sin encontrarla.



Y Tom empieza a leer un extraño poema, en un idioma que Nils no conoce, pero que casi entiende. Probablemente las emociones son iguales en todas las lenguas. O quizás no sea eso.

Inside a broken clock
Splashing the wine
With all the Rain Dogs
Taxi, we'd rather walk

Las palabras recitadas se vuelven canción cuando Tom añade melodía a su voz profunda.

Taxi, taxi, taxi, we'd rather walk

No esperaba Nils eso, no imaginaba que la crudeza y la ternura se pudieran mezclar en estos hombres y mujeres desdentados que miran y sonríen de reojo. De nuevo los mira y, por primera vez, los ojos les brillan como si alguna lágrima que viniera de lejos no quisiera caer en esa azotea con rendijas al cielo.

Huddle a doorway with the Rain Dogs
For i am a Rain Dog, too.

Sonríe Tom con una vieja sonrisa en la que Nils puede leer más que en ninguna otra. Y encontrar tantas cosas no dichas. Oh, how we danced and we swallowed the night. For it was all ripe for dreamin. Oh, how we danced away. All of the lights. We've always been out of our minds. Y cuando imagina que bajarán callados y tristes a beber más Posca, una voz se une a la de Tom, the Rum pours strong and thin, beat out the dustman, y luego otra y otra, with the Rain Dogs, aboard a shipwreck train, give my umbrella to the Rain Dogs, y otra. For I am a Rain Dog, too. Y todos le siguen y se levantan y bailan locos por la azotea, por toda la azotea, chocando, meciéndose, moviendo sus cuerpos al son de su propia música, contoneándose, Oh, how we danced with the, Rose of Tralee, her long hair black as a raven, gritándole al cielo como lobos que aúllan a la luna que no ven, que desconocen. Y cantan. Oh, how we danced and you. Y gritan. Whispered to me. Y caminan dejando su peso caer sobre una pierna y luego sobre la otra. Y, You'll never be going back home, bajan ahora las oscuras escaleras ardiendo rojos de sangre, sudorosos de licor, de baile, de cielo.

Y Nils, con una voz ronca y capaz, que le cuesta reconocer como propia, canta también, inventa fragmentos y aprende otros. Grita y se balancea. Se apoya y se mece. Siente las cuerdas de su garganta vibrar, el corazón latir con una fuerza que le asusta y las gotas de sudor cayendo por su frente. Oh, how we danced and you. Whispered to me. You'll never be going back home. You'll never be going back home.

Camina y baila con los ojos cerrados mientras baja las escaleras. El sabor a licor le llena la boca, pero no está borracho, no de Posca, al menos.

* Canción Rain Dogs de Tom Waits.

[Leer capítulo Veintinueve : Resaca]

martes, 20 de julio de 2010

Veintisiete : Las manos de los filósofos

Delante del número 11 de la calle más oscura de la zona gris, Antón se para, saca una gran llave y la introduce en la cerradura. No es la primera vez que Nils Vincent Chesterton ve una llave, pero siempre le parece algo divertido y antiguo. Seguramente, las personas que vivieron antes de la Gran Catástrofe llevarían abrigos de grandes bolsillos para poder guardar en ellos esas enormes llaves que abrían grandes puertas. Sin embargo, la puerta que hay bajo el número 11 es pequeña, tanto, que Nils tiene que agachar su cabeza para no darse con el umbral.

Una estancia vacía, fresca y sin luz les recibe. Cuando cierran la puerta es imposible ver nada. Siente la mano extendida de Antón buscando la suya para poder guiarle. Este acceso es más feo, pero mucho más seguro, le dice Antón. Pero Nils apenas le escucha, sólo piensa en lo raro que es tocar a alguien. No sabe si sentir la mano de Antón, robusta y callosa, es agradable o no, solamente sabe que le desconcierta.

Bajan por unas estrechas escaleras levemente iluminadas. Se separan sus manos y Nils Vincent Chesterton siente la ausencia de la mano de Antón, un poco de sudor en la suya y extrañeza. Los escalones no son uniformes y se siente torpe dando pasos, a veces, pequeños; otras, profundos. Cuando los escalones son muy altos, se apoya en las paredes que le dejan en las manos un olor a yeso y humedad. Y, al fin, tras una puerta gruesa que aísla el ruido, llegan a la gruta donde mujeres y hombres beben licor de hormiga, ríen desdentados y parece que canturrean canciones que nunca Nils había oído antes.

¡Estamos! Dicen a la vez Antón y Nils como si lo hubieran ensayado. ¡Estamos! Corean Tom y los demás. Los recién llegados se desprenden de sus abrigos y, antes de sentarse, ya tienen frente a ellos dos vasos rebosantes de licor de hormiga.

Patti le cuenta que ellos llaman Posca al licor de hormiga. Que Posca era una antigua mezcla de líquidos que los hombres antiguos, mucho más antiguos que los causantes de la Gran Catástrofe, los que pertenecían a las clases más bajas, bebían para refrescarse, emborracharse o evadirse.

Nils Vincent Chesterton escucha a Patti con atención mientras ella habla y mueve las manos como si dibujara cada cosa que cuenta. Le gusta que a cada sorbo de Posca, Patti se relama los pelillos que tiene sobre el labio formando un fino e imagina que suave bigote.

Nils Vincent Chesterton, que no lo esperaba, sonríe agradecido a Etha. Ésta le trae un plato con algo para comer. Sólo para él, dice, este chico no ha comido nada en todo el día. Y todos sonríen socarronamente. Tienes que dejar de tomarla, le dice Jacques. La pastilla marrón, aclara. Aún es pronto, pero verás que es mejor no hacerlo. ¿Para qué es pronto?, se inquieta Nils. Ya lo verás. ¿Qué veré?, pregunta expectante, pero confiado. Digamos, empieza a hablar Syd carraspeando, que más o menos lo mismo.

Nils Vincent Chesterton sabe que no van a contarle nada más. Que ya han dicho mucho. Come lo que tiene el plato que no acierta a reconocer ni se atreve a preguntar. Tiene tantas preguntas rondándole la cabeza. Pero con los amigos de Antón, como con el mismo Antón, en lugar de responderlas, lo habitual es encontrar aún más preguntas que hacerse.

Le recuerdan a los filósofos, seres muy anteriores a la Gran Catástrofe que se lo preguntaban todo, la duda les llevó a la autodestrucción o, al menos eso entendió Nils, y desaparecieron. Lo leyó en la Sala de lectura. ¿Serán estos como los antiguos filósofos?, se dice Nils en voz baja, o eso cree él, pues todos han oído su reflexión y ahora ríen desdentados a carcajadas. Leonard, con los ojos brillantes y burlones, le contesta. Claro.

Tom alza su copa y propone un brindis por los filósofos. A Nils Vincent Chesterton no le importa haber pensado en alto y que ahora brinden riéndose un poco a costa suya. Y le importa aún menos, pues siente que se avecina una aventura, cuando el mismo Tom, tras apurar el vaso, grita. ¡Subamos! Y todos responden con un tácito sí al dejar sus vasos con un golpe seco sobre la mesa.

Nils siempre acaba su Posca más tarde que los demás. Imita a los otros dejando el vaso brusca y firmemente sobre la mesa. Mira a Tom y sonríe. Y eso, todos lo saben, es un sí. ¡Subamos! Donde quiera que sea, piensa Nils Vincent Chesterton.

[Leer capítulo Veintiocho : Rendijas, perros y voces]

lunes, 28 de junio de 2010

Veintiséis : Tom y Eva canturrean

A Nils Vincent Chesterton, que camina lento, las piernas le flaquean. Siente un vacío en el estómago y sabe que después de tomar licor de hormigas esa sensación irá a peor. Pero no le está permitido entrar a otro comedor que no sea el asignado por zona y sabe que no ir donde Antón es una opción que no es siquiera opción.

Así que cuando llega una hora y 47 minutos antes de las seis, según el reloj de enfrente de la puerta de las religiosas naturistas, simplemente, se sienta en uno de los escalones de la casa blanca a esperar.
Nils Vincent Chesterton piensa que si un Vigilante le pregunta qué hace ahí, no podrá contestar y es más que seguro que se pondrá nervioso y tartamudeará. Tendrá que mentir y eso no le gusta, además de que no le sale muy bien. Así que decide esconderse junto a la puerta de las religiosas.

Escondido y apoyado en la pared, puede oír una agradable música que sale del interior de la casa. Es una música lenta, de notas espaciadas y sutiles que provocan atracción, tal vez, no sea la primera vez que la escucha, pues siente reconocerla, aunque no sepa dónde antes la ha podido oír ni conozca su título. Claro que Nils no sabe el título de ninguna música, tampoco podría nombrar esa melodía que suena cada mañana, aunque sí reconocerla. Le viene a la cabeza el tarareo que venía a su mente, no hace tanto, acompañando al recuerdo de Eva. Nils Vincent Chesterton reflexiona, sin mucho resultado, sobre qué extraño poder tiene la música sobre los sentires.

Y mientras se debate entre la atracción de la música de la casa de las religiosas naturistas, el recuerdo de Eva y el tarareo de aquella otra música, Nils se deja vencer por una densa neblina que le cierra los ojos.

Aparece, girando la esquina y canturreando, Tom cogido de la mano de Eva que, con una botella llena de licor de hormigas, le sonríe. Caminan saltando hasta llegar adonde él. Eva se sienta a su lado y le acaricia el pelo. A Nils, la caricia le resulta un tanto brusca. Piensas dormir toda la tarde, le dice, y la voz de Eva le desconcierta, no parece pertenecerle. Piensas dormir toda la tarde, le repite y su voz se parece terriblemente a la de Antón.

Nils Vincent Chesterton abre los ojos y suspira. Le hubiera gustado recibir una caricia de Eva, por brusca que fuera, pero se alegra que la voz de ella no suene así y sea Antón el que está frente a él.

[Leer capítulo Veintisiete : Las manos de los filósofos]

Veinticinco : Marrón


No las tomes. Le dice Antón, dejando caer las palabras. No lo hagas. Repite ahora con firmeza. Pero Nils Vincent Chesterton no puede hacerle caso en algo así. Y manteniendo la mirada en los ojos de Antón, casi en un desafío, traga de un golpe, con la ayuda del líquido proteínico, la vitamina de color marrón.

No sabe descifrar esa mirada de Antón, tan nueva. No sabe que es lo que éste siente. Si es ofensa, tristeza o dolor. Sólo puede pensar, cuando Antón se va con la mirada baja sin despedirse de él, que le ha decepcionado.

Así que, Nils Vincent Chesterton mete sus dedos en la garganta y se provoca un vómito viscoso. Ante el ruido de la arcada y la cascada de líquido y las pastillas sin disolver que caen al suelo desde la boca de Nils, Antón gira la cabeza y, al ver la escena, corre junto a él. Mirando a un lado y a otro, recoge los restos reconocibles de las cápsulas y los mete en un bolsillo.

Estás loco, qué has hecho, le dice Antón sonriendo a Nils, quien, extrañado de sí mismo por su acción impulsiva, se relame los labios sintiendo un sabor asqueroso en la boca y una alegría sin nombre en su, ahora vacio, estómago.

Te espero hoy a las seis delante de las Religiosas Naturistas. ¿Te parece bien? Y una sonrisa vale como respuesta.

[Leer capítulo Veintiséis : Tom y Eva canturrean]

lunes, 14 de junio de 2010

Veinticuatro : Feos


Smetana "Mi patria". La música del despertar.

Cuando suena la música del despertar, Nils Vincent Chesterton ya está sentado en el borde de la cama y mira la cara de Eva que parece sonreírle con los ojos adormilados.

Cuando baja en el ascensor cuenta lentamente hasta 8, los pisos que le separan de la planta baja y de la salida. Y cuando sube al autobús, se olvida de mirar la pantalla que, de todas maneras, no le anuncia su encuentro con las oficinas centrales para continuar los trámites de su petición.

Nils no se sienta donde de costumbre junto a la ventana. Nils Vincent Chesterton, simplemente, no se sienta. Como si tuviera demasiada energía para malgastarla sentándose, permanece de pie.
Mientras con el rabillo del ojo no pierde de vista la puerta de entrada al metrobús, por si Eva sube en alguna parada, observa los bloques de edificios iguales al suyo que se distribuyen a uno y otro lado de la calle. Altos. Blanquecinos. Regulares. Y feos, piensa Nils por primera vez. Feos como los dientes podridos que, a veces, le visitan. Feos como los guardianes sin sonrisa que nunca le miran a los ojos. Feos como las cápsulas marrones de vitaminas. Apartando la mirada de la fealdad que tanto le molesta, el toc, toc- toc de unos dedos atrapa su atención. Un joven, delgado y alto como él, que como él, viste abrigo, sentado erguido y con los ojos cerrados repica con sus dedos en las rodillas un ritmo que Nils cree oír viniendo desde la cabeza del joven. Toc, toc-toc. Unas religiosas naturistas, sentadas detrás del joven, miran por la ventanilla manteniendo ambas el mismo ángulo en la inclinación de sus cabezas. En la misma fila que ellas, al otro lado del pasillo, una mujer de piel arrugada y ojos cerrados ha dejado caer hacia atrás su cabeza. Su boca reseca y abierta emite ronquidos desordenados. Feo, piensa otra vez, como las mañanas que llega a la fábrica sin haberla visto.

En punto. Marca la pantalla cuando Nils se identifica en la entrada de la fábrica de dientes. Empleado del mes, piensa. Y aunque la espera, no aparece en su rostro una sonrisa.
Cuando llega a su habitáculo se quita el abrigo, se viste la bata y prepara la ventanilla. Frente al arrimadero coloca la silla, se sienta y aguarda.
Empleado del mes, repite en voz bajita, ¿podrá, se pregunta, un guerrero ser empleado del mes?
Y sabiendo la respuesta se levanta a atender la primera boca del día, Nils Vincent Chesterton.

[Leer capítulo Veinticinco : Marrón]

martes, 25 de mayo de 2010

Veintitrés : Miles de motas de polvo en las manos

Tumbado en la cama, Nils Vincent Chesterton recorre su habitación con la mirada, se sube a la cama y toma el trozo escrito que dejó en el respiradero. Siente que a pesar de todo es más seguro llevarlo encima que dejarlo ahí. No sabe qué consecuencias tendría si los Guardias o los Inspectores lo descubrieran, pero siente que es mejor que eso no ocurra. Mientras lo regresa al bolsillo del abrigo, se siente observado por el rostro de Eva que parece mirarle desde la pared. Lo sé, Eva, lo sé. No debería tener secretos, pero es algo tan emocionante, casi como tenerte aquí conmigo. Ojalá pudiera llevarte algún día donde Antón. Creo que te gustaría.

Vuelve a colgar el abrigo. De momento, el trozo escrito está bien ahí. Guardado. Podría destruirlo, pero se aferra al misterio de un mensaje que no entiende y a una desacostumbrada sonrisa que, de alguna manera, le hizo sentirse diferente.

Pero hay algo más, Nils Vincent Chesterton intenta imaginar a la desconocida que ha tenido la necesidad o, tal vez, el capricho de decirle algo. De escribirlo. Por primera vez desde que recibió el mensaje, puede pensar sobre todo ello con claridad. Por primera vez, se atreve a poner palabras a las dudas y a las imágenes que pasan por su cabeza sin que él pueda controlarlas. Debe ser una mujer joven. Y valiente. Con acceso a material extraño. El trozo escrito es flexible y extrañamente frágil. A Nils le da la sensación de que si lo acaricia mucho acabará por desvanecerse en miles de motas de polvo entre sus manos. Puede que lo que mueve a la desconocida no sea valentía o afecto, puede que, sencillamente, esté loca. Nils ha leído sobre los locos. Seres cuya mente no piensa con lucidez y luchan contra lo establecido creando delirantes teorías sobre los que ejercen el poder. A él no le parece de loca la sonrisa que vio ni lo que dice su mensaje. Pero sí el hecho de metérselo en la boca y, como quien habla, dejarlo caer, para que él lea como quien escucha lo que quiere decirle.

Nils Vincent Chesterton se aferra a las sensaciones, pues saber no sabe nada. Se le ocurre que, de momento, lo mejor es que pase el tiempo. Él siempre ha sido una persona paciente, aunque ahora no le salga muy bien eso de esperar. La desconocida podría volver. O, tal vez, más adelante, cuando se sienta más seguro de poder confiar en ellos, contárselo a Antón y a los chicos.


Vuelve a colocar la hebilla en el cinturón. Pero justo cuando Nils está a punto de poner el cinturón en el pantalón, se le ocurre. Se sube, cinturón en mano, a la cama y se acerca al respiradero. Qué maravilloso invento, piensa Nils Vincent Chesterton sonriendo, éste del cinturón.

A través de una de las rendijas del respiradero va introduciendo el alargado cinturón. La hebilla hace de tope para que éste no se caiga ni resbale. Ahora sólo tiene que bajar y desde la calle ver desde donde cuelga y saber, al fin, que piso es el suyo. En qué planta le posa cada día el inteligente y silencioso ascensor.

Se coloca los zapatos y se viste el abrigo sobre el mono azul gastado. Toma su identificación. El ascensor le lleva hasta la planta baja. En la calle, cruza hasta la acera de enfrente y levanta la cabeza. Cuenta siete respiraderos antes de llegar a ver su cinturón colgando de una de las rendijas. Así que, como la planta baja no tiene entradas ni salidas de aire, su piso es el número ocho.

Nils Vincent Chesterton sabe que esta información no le sirve absolutamente de nada. Pero le gusta tenerla. Así que, girando sobre sus talones, se dirige feliz y un poco más osado hacia los cenadores.

La luz cegadora de siempre le da una fea bienvenida. Se sienta, tras recoger su bandeja, en una de las mesas largas, en una punta. Y sólo cuando ya está acabando de ingerir sus vitaminas, se da cuenta de que ni siquiera se ha fijado en las personas que cenan cerca de él. Una mujer de pelo cano habla con otra, sentada frente a ella. Nils no llega a oír sus palabras, más parecidas a suspiros que a palabras. En la mesa contigua un hombre come solo y Nils se ve a sí mismo en él. Sólo que ese hombre no sonríe. Y Nils Vincent Chesterton se descubre haciéndolo.

Ha pasado un día desde que conoció a los chicos de Antón. Pero, de alguna manera, se siente diferente. Se sabe guerrero y no hormiga. Aunque no sepa muy bien qué significa eso. Pero Tom brindó por ello y a Nils Vincent Chesterton no se le ocurriría llevarle la contraria a un tipo como Tom. Y levantando el vaso de líquido proteínico, Nils Vincent Chesterton, brinda con el aire. ¡Por el nuevo guerrero!

[Leer capítulo Veinticuatro : Feos]

lunes, 3 de mayo de 2010

Veintidós : Yeso, azul y ternura

Nils Vincent Chesterton piensa. Detrás de la puerta nadie lo verá. Detrás de la puerta ni siquiera miran cuando hay una inspección. Detrás de la puerta con la hebilla recién arrancada del cinturón, Nils rasca con un tímido gesto la pared.

Hace días que no la ve, una eternidad, en realidad, le parece a Nils, pero recuerda todos los detalles de su rostro. Las manos de Nils aprietan la hebilla con fuerza y ésta, la pared. Araña, cincela, rasca, esculpe y sopla la pared.

Sus ojos eran más alargados. Sopla y retira el polvo de yeso. Lástima no poder dibujar el azul. Hay zonas de la pared donde la hebilla resbala con facilidad y crea surcos profundos y claros. En otras cuesta más y al agarrarla con fuerza, los dedos de Nils se enrojecen. Raya en medio. Recuerda. Bien peinada. Sonríe. Largos mechones, uno a cada lado de su cara delgada. La frente inclinada hacia delante como aquel primer día. Nils araña suavemente la pared para crear el último rasgo. El pómulo izquierdo más marcado, como cuando ella sonríe.

Nils Vincent Chesterton da dos pasos hacia atrás sin perder la pared de vista. La observa. Ladea la cabeza levemente. Achica los ojos. Traga saliva y suspira.

Regresa al rostro dibujado, sopla suavemente sobre él, retira el polvo de los surcos con la mano, como en una caricia. Y suspira.

Cuando se sienta en la cama, cuando con la hebilla todavía en la mano, mira el rostro de Eva mirándole desde la pared, cuando piensa que le gustaría poder ver el azul de sus ojos, a Nils Vincent Chesterton le extraña la profunda ternura que siente. No recuerda su infancia, pero está seguro de que esa sensación pertenece a entonces.

[Leer capítulo Veintitrés : Miles de motas de polvo en las manos]