
A las cuatro en punto sale de trabajar. Baja la cuesta de la fábrica de dientes y camina dos calles a la izquierda. Ya está enfrente del edificio blanco, la casa 279 de las Religiosas Naturistas. Dos horas. Quedan dos horas largas muy largas para encontrarse con Antón en ese mismo lugar.
Pasea calle arriba. Pasea calle abajo. Juega con sus pies a no tocar la línea que divide las baldosas. Se peina con los dedos. Frota el empeine del zapato derecho con la parte trasera del pantalón de su pierna izquierda y luego, limpia del mismo modo su zapato izquierdo. Se coloca bien el abrigo. Mira el reloj, el gran reloj del final de la calle. Las cuatro y once minutos. Aún. Todavía. Sólo las cuatro y once minutos. Y decide entrar a visitar a las Religiosas Naturistas. Cuando llama al timbre recuerda el trozo escrito que guarda en el bolsillo, se siente culpable de no haberse fiado de Antón, el bueno de Antón que dentro de dos horas menos once minutos le presentará a sus amigos, bueno, a los tipos con los que le gusta estar.
Del gran portalón blanco se abre una ventanilla con rejas blancas también. Unos ojos marrones y amables le miran, todo es tan blanco que si los ojos que le miran hubiesen sido blancos también, a Nils no le hubiera extrañado, bueno, tal vez, un poco. Los ojos parecen sonreír, pero es una sonrisa muda, por lo visto le toca hablar a él. Como no suele visitar a las Religiosas Naturistas no sabe muy bien qué decir y, aunque la verdad es siempre el mejor camino, no cree que decir que está allí porque no sabe qué hacer durante dos horas nerviosas sea lo más adecuado. Buenas tardes, busco un momento de calma, se le ocurre. Los ojos ríen. Podría entrar y meditar en vuestra casa. Los párpados asienten como si hubiera dado con la contraseña. Se cierra la ventanilla y se abre la puerta. Nils aliviado entra y bajando la cabeza saluda a la Religiosa. Paz y Gratitud. La Religiosa debe de haber hecho promesa de silencio, piensa Nils, pues no dice nada, sin embargo, sus maneras pausadas y su expresiva mirada hace que uno entienda bien lo que quiere. Ella camina y se va girando cada tres pasos para ver si Nils la sigue. Nils la sigue. Durante los tres pasos él observa a su alrededor, al cuarto la mira a ella para devolverle el gesto de asentimiento.
Recorren pasillos blancos, laberínticos y largos, muy largos. Nils imagina que para volver debería haber dejado señales como en aquel libro de hadas que leyó, que de otra forma no podrá salir de ahí. Aunque se respira tanta paz entre esas paredes que parecen murmurar oraciones, que no poder salir de ahí es algo que no le preocupa, no ahora, al menos. Uno de los pasillos lleva a una habitación cuadrada y sin techo rodeada de arcos. Sillas dispuestas también en forma de cuadrado, se miran unas a otras, cojines en el suelo y taburetes bajos. Caminan hasta el centro y la Religiosa Naturista se para. Sin mediar palabras ni gestos, Nils entiende que debe elegir un lugar. Elige una de las sillas de la punta y se sienta. La Religiosa Naturista se sienta en la silla de enfrente y cierra los ojos. Nils desabrocha los botones de su abrigo, descansa sus manos en las rodillas y cierra los ojos también. Paz y Gratitud, dice y ella le responde. Paz y Gratitud. A Nils, oír la voz suave de la Religiosa Naturista, le calma. Y sin saber cómo, Nils Vincent Chesterton siente que escucha las oraciones no dichas de la mujer que se ha sentado frente a él.
[Leer capítulo Diecisiete : Antón y las hormigas]


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