Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.

lunes, 28 de junio de 2010

Veintiséis : Tom y Eva canturrean

A Nils Vincent Chesterton, que camina lento, las piernas le flaquean. Siente un vacío en el estómago y sabe que después de tomar licor de hormigas esa sensación irá a peor. Pero no le está permitido entrar a otro comedor que no sea el asignado por zona y sabe que no ir donde Antón es una opción que no es siquiera opción.

Así que cuando llega una hora y 47 minutos antes de las seis, según el reloj de enfrente de la puerta de las religiosas naturistas, simplemente, se sienta en uno de los escalones de la casa blanca a esperar.
Nils Vincent Chesterton piensa que si un Vigilante le pregunta qué hace ahí, no podrá contestar y es más que seguro que se pondrá nervioso y tartamudeará. Tendrá que mentir y eso no le gusta, además de que no le sale muy bien. Así que decide esconderse junto a la puerta de las religiosas.

Escondido y apoyado en la pared, puede oír una agradable música que sale del interior de la casa. Es una música lenta, de notas espaciadas y sutiles que provocan atracción, tal vez, no sea la primera vez que la escucha, pues siente reconocerla, aunque no sepa dónde antes la ha podido oír ni conozca su título. Claro que Nils no sabe el título de ninguna música, tampoco podría nombrar esa melodía que suena cada mañana, aunque sí reconocerla. Le viene a la cabeza el tarareo que venía a su mente, no hace tanto, acompañando al recuerdo de Eva. Nils Vincent Chesterton reflexiona, sin mucho resultado, sobre qué extraño poder tiene la música sobre los sentires.

Y mientras se debate entre la atracción de la música de la casa de las religiosas naturistas, el recuerdo de Eva y el tarareo de aquella otra música, Nils se deja vencer por una densa neblina que le cierra los ojos.

Aparece, girando la esquina y canturreando, Tom cogido de la mano de Eva que, con una botella llena de licor de hormigas, le sonríe. Caminan saltando hasta llegar adonde él. Eva se sienta a su lado y le acaricia el pelo. A Nils, la caricia le resulta un tanto brusca. Piensas dormir toda la tarde, le dice, y la voz de Eva le desconcierta, no parece pertenecerle. Piensas dormir toda la tarde, le repite y su voz se parece terriblemente a la de Antón.

Nils Vincent Chesterton abre los ojos y suspira. Le hubiera gustado recibir una caricia de Eva, por brusca que fuera, pero se alegra que la voz de ella no suene así y sea Antón el que está frente a él.

[Leer capítulo Veintisiete : Las manos de los filósofos]

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