Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.

lunes, 8 de febrero de 2010

Diecisiete : Antón y las hormigas

Nils Vincent Chesterton no sabe cuánto tiempo ha pasado cuando abre los ojos y ve a la Religiosa Naturista sonriendo a su lado. La Religiosa se gira y empieza a caminar. Nils le sigue. Ella ya no se gira. Él ya no observa a su alrededor. Los pasillos laberínticos y largos y blancos son parte de la despedida para que uno vaya haciéndose a la idea de que le espera el exterior con su gris y su ruido.

Se despiden con un gesto mudo como quienes han compartido ya mucho y no necesitan de palabras. Nils puede sentir la sangre corriendo más lenta en su interior, percibe su cuerpo más ligero y puede escuchar el silencio que habita en él.

El hola de Antón llega a sus oídos y sus ojos se achican y sus hombros se levantan como quien está a punto de oír un portazo inevitable provocado por una ráfaga de viento.

Caminan caminan caminan y Nils no sabe a dónde van ni por qué calles lo hacen.

De los libros sobre Hadas, del estanque, de su trabajo, Nils imagina de qué podrá hablar con los amigos de Antón y ensaya frases que puedan hacerle parecer interesante. Le gustaría caerles bien y que Antón se sintiera orgulloso de haberle llevado. Antón parece estar más contento que de costumbre, porque aunque apenas le habla, le mira y sonríe.

Llegan a una calle donde Nils diría que hay menos luz que en el resto de la zona gris y más edificios anteriores a la Gran Catástrofe. Antón se para un instante y como si lo eligiera al azar, decide acercarse al edificio de apariencia más antigua. Estás seguro de qué es aquí, pregunta Nils al sentir la duda de Antón. Podríamos entrar por otro, pero acabo de elegir el edificio más bonito para ti, le contesta Antón en tono bromista, pero amable. No pensaba Nils que pudiera, su nuevo amigo, tener esa delicadeza, pero le gusta ese rasgo recién descubierto. Y siente que está muy contento de estar allí junto a Antón y que no le importa en absoluto no cenar.


Suben dos escalones estrechos de piedra gastada por el centro, llaman a la puerta. Nils puede oír como alguien camina al otro lado, se para, suspira y, sin abrir la puerta, una voz pregunta, ¿hormiga? A lo que Antón, apoyándose en la puerta, susurra. Una vez lo fuimos. Y la puerta se abre. Antón saluda a Etta, una mujer gorda de sonrisa grande. Nils observa a esa mujer de dientes enormes y blancos que cierra su boca tras la sonrisa que les ha dedicado. Etta vuelve a sentarse cerca de la puerta en una butaca de color verde y mirando hacia el techo, espera. Espera a que alguien vuelva a llamar a la puerta, cree Nils, al que le gustaría quedarse toda una noche mirando a Etta, pues nunca antes ha visto unos dientes como aquellos.

Nils y Antón recorren un pasillo que les lleva a un comedor amueblado con sillas, mesas y unas estructuras que Nils no ha visto nunca y no sabe cómo se llaman que lo rodean todo. Sin duda, se trata de una de las pocas casas conservadas. Antón levanta la mesa desde uno de los laterales y pegado a sus patas un trozo de suelo se abre frente a Nils. Unas escaleras permiten que ambos bajen y gracias a una palanca, pueden, desde dentro, cerrar la puerta del suelo y dejar bien colocada la mesa.

Ante el silencio expectante de Nils, Antón le explica que hay muchas entradas, pero que ha elegido la más efectista para sorprenderle. Nils sonríe de medio lado no para parecerse a Antón, sino porque no le hace mucha gracia sentir que entra a un lugar que seguro está prohibido. Bajan y bajan por unas escaleras estrechas que dan a una salita oscura con paredes húmedas de piedra.

Se oye rumor, ruido que se convierte en sonidos claros y palabras cuando entran en una habitación alargada. ¡Estamos!, saluda Antón y todos gritan, ¡Estamos! y ríen como si fueran terriblemente felices. El techo bajo y abovedado hace que los sonidos se repartan y paseen por todos los pasillos, la humedad es más intensa que fuera y olores desconocidos hacen que Nils agudice la nariz intentando encontrar nombres que los identifiquen.

Y este lugar… Era un refugio antiaéreo antes de la Gran Catástrofe, acaba la frase Antón. La mayoría se han perdido u olvidado, pero nosotros conservamos éste. ¿Y lo saben los Urbanistas? Antón se gira bruscamente, parece que va a gritarle o algo así, pero su cara se relaja y, ¿tú qué crees?, le dice. Nils sabe que no se acostumbrará nunca a estas preguntas que no necesitan respuesta, pero que casi las prefiere a las medias frases de Antón. De éstas puede encontrar las respuestas; de aquellas, no la continuación.

Pasillos y más pasillos que se abren en pequeñas salas y se vuelven a cerrar en paredes que toman forma de embudos. Mesas de todas las formas y tamaños, sillas, sillones y butacas ocupados por hombres y mujeres que hablan, ríen, saludan, beben y algunos, juraría Nils Vincent Chesterton, que cantan. Sin embargo, lo que más le extraña a Nils es que a la mayoría le faltan dientes. Antón saluda a unos, mueve la mano hacia otros, hace un gesto con la cabeza. Parece que todos se conocen y entonces Nils piensa que sin duda allí no es importante que más de ocho personas no se puedan reunir. Aún así le pregunta a Antón. Éste ni siquiera le contesta, se ha girado y le ha mirado como nunca le había mirado. Nils reconoce en esa mirada la condescendencia, con mucho cariño, eso sí. No sabe por qué, pero Antón le aprecia, eso puede saberlo sin tener que preguntarlo, simplemente, lo puede sentir. Como puede sentir un cosquilleo nuevo, no necesariamente agradable, al estar seguro de que no deberían estar allí.

Llegan a una habitación más grande que las anteriores llena de mesas y sillas desiguales donde hombres y mujeres desdentados y sonrientes hablan, beben y parecen cantar. Algunos están de pie y apuran los vasos y las palabras. ¡Estamos! Saluda Antón, más efusivo que las veces anteriores, y todos se levantan, ¡Estamos!, para abrazar a Antón. Nils Vincent Chesterton nunca ha visto abrazos como esos. Tan duros, fuertes e intensos, no sabe si sabrá corresponder a uno, por suerte es algo entre amigos. Y, de momento, él no lo es.

Antón mira a los chicos y les presenta. Éste es Nils Vincent Chesterton. Después mirando a Nils nombra mientras señala a Tom, que le mira desde una sonrisa burlona; Charles, que levanta su vaso medio lleno a modo de brindis; Odetta, que le guiña un ojo; Patti, que le mira fijamente; Syd, Leonard, Jack y Jacques.

Antón le explica que no son sus verdaderos nombres, son sus nombres de guerra. Y todos ríen. Jack le cuenta que son cantantes, escritores, personajes de antes de la Gran Catástrofe de los que han tomado sus nombres para no ser hormigas. Esta explicación no le aclara nada, pero no se atreve a decirlo. Quiere caerles bien.

Mientras Antón desaparece por la columna de la izquierda del final de la oscura sala, Nils se pregunta por qué saben tanto sobre la vida antes de la Gran Catástrofe, de dónde habrán sacado esos nombres, si “Antón” será nombre de guerra o de hormiga y quiénes serán las hormigas. Antón regresa y le entrega un vaso que desprende un olor terrible, pero que a Nils le parece lo mejor del mundo cuando Tom levanta su vaso, brinda por el nuevo guerrero y todos ríen. No sabe tan mal como huele, piensa Nils, que cuando pregunta y le dicen que es destilado de hormiga no se lo cree, pero que decide no insistir porque sabe que esos tipos son malos respondedores.

Es muy agradable sentir el codo de Syd junto a su brazo, estar apretado entre éste y Jacques. Jacques no es muy hablador, parece pensativo, como si estuviera en otro lugar. Le gusta la fuerza con la que Charles coge el vaso como si al dejarlo en la mesa éste se fuera a ir corriendo, los vacía con facilidad y regresa a la barra, que queda tras la columna, a por más.

Y mientras va sintiendo un profundo calor que va de dentro a fuera, mientras les observa, llega, Nils Vincent Chesterton, al profundo convencimiento de que no hablará nunca con ellos de Hadas ni de trabajo, que es inútil ensayar conversaciones y que escuchándoles aprenderá, aprenderá aunque aún no sepa el qué. Además, al tercer vaso de hormiga destilada, que Antón y Odetta se han encargado de servirle, ha dejado de contar las normas saltadas.

[Leer capítulo Dieciocho : Sinfonía nº 9]

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Fantástico!¡A Nils se le descubre un nuevo mundo paralelo! Impaciente por saber como se va a desenvolver en él... esperemos que le vaya bien, y que sepa manejar bien sus contradicciones... y que no le cambien mucho que es muy majo eh?...

Irene dijo...

¡Andaaaaa Inma! No sabía que escribías novelas por entregas. Pues nada, me guardo este blog que en cuanto tenga un huequecillo me la iré leyendo desde el principio. ¡Un besote!