Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Doce : Luz y niebla


¿Cómo sabe su nombre? ¿Cómo ha llegado el nombre de Eva hasta su cabeza?, hoy no ha oído ese tarareo que ahoga los recuerdos, tal vez sea eso. Aún nervioso intenta encontrar las palabras que expliquen su ilusión de ver el sol. Debe ser breve, pues las pizarras electrónicas tienen poca memoria, eso ha aprendido hoy. A Nils Vincent Chesterton, le gusta saber que aprende cosas. No tienen que ser cosas importantes, le basta aprender detalles, gestos, sensaciones, palabras, historias sobre antes de La Gran Catástrofe. Cosas sencillas que le hagan sonreír y, tal vez, algún día, soñar.

Pulsa el botón de “memorizar” cuando cree que ha sabido encontrar las palabras exactas para que le permitan disfrutar de unas horas al sol. No sabe dónde está el sol. Imagina que en el centro de la ciudad, donde habitan los ciudadanos de primera y segunda categoría; también en las montañas de las afueras, donde habitan los Entretenedores, aunque eso sólo lo sabe de oídas, que de los Entretenedores no recuerda haber leído en el Libro de Orden. La verdad es que preferiría conocer a éstos, los creadores de ficciones, pero no se atreve a pedir tanto. Además es posible que sus datos sobre ellos no sean exactos.

Cuando la memorización ha terminado la pizarra le cuenta con una voz mecánica y suave que debe ir a la quinta planta. Y eso hace Nils. Aunque no hay nadie en el ascensor siente que le observan, desde que entró en el edificio persiste esa sensación de no estar solo, como cuando alguien intenta mirar por encima de su hombro lo que lee en el metrobús. La quinta planta se parece a la segunda por las grandes mesas de color beige, pero no hay ventanas ni mostrador rotativo. Tampoco está Eva. ¿Qué haría allí? ¿Pediría ella también un día de sol? ¿Qué se dirían los dos si estuvieran juntos bajo el sol?, piensa Nils mientras una risa nerviosa se le escapa de los labios.

Se acerca a uno de los mostradores laterales. Un hombre sentado en una silla junto a un gran ordenador que emite un ruido pesado y monótono, se levanta. Sin mediar palabra, con un simple gesto, Nils entiende que debe entregarle la pizarra. Parece que en este edificio todos saben qué deben hacer, aunque nadie se lo explique y piensa que, al fin y al cabo, no es tan diferente a su trabajo en la fábrica de dientes, que él tampoco habla con sus pacientes que, tal vez, no sea sólo por la pared que les separa que si todos saben que necesita el otro, tal vez, no sea necesario hablar. El hombre conecta la pizarra al gran ordenador. Mientras, le explica que la notificación será recibida por cualquier receptor interconectado a los ordenadores centrales, es decir, que cada vez que pase su tarjeta identificadora por un lector, éste puede indicarle el momento de la cita. Cita que siempre debe llevarse a cabo en su día de fiesta, porque no se permite pedir licencias en días laborables. Cuando Nils con un discreto hilo de voz pregunta cuánto tiempo tardará en saber una respuesta, el hombre levanta los hombros, se gira, se sienta y no vuelve a dirigirle la mirada. Nils intuye que es inútil insistir y mirando su pizarra con el desazón de quien se ha desprendido de algo íntimo, se aleja del mostrador y toma el ascensor que le lleva hasta la salida.

Desencantado, Nils Vincent Chesterton sale del edificio menos alegre de lo que entró. Sus sueños se han convertido en despachos estrechos, en pantallas escritas y en espera. Espera. Ésa es la parte que más cuesta.

[Leer capítulo Trece : Niebla y luz]

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