La pantalla luminosa en la oscura habitación le hace sentir como si leyera un secreto, algo que sólo a él le es permitido saber. Le gusta esa sensación sin nombre.
Las hadas viven sin tiempo y eso le hace pensar. Viven adaptando los rostros de otros, entonces Nils imagina que rostro eligiría de ser hada. No conoce mucha gente. Piensa en aquellos que se encuentra cada mañana en el metrobús. Algunas mañanas consigue descubrir en los ojos aún dormidos de los que se sientan frente a él restos de sueños que caminan bajo sus párpados. Entrar a hurtadillas en los ojos de otros es como robar intimidades, no le gusta eso, pero la verdad es que él no puede soñar y le gustaría mucho. No sabe qué son los sueños ni si tienen utilidad o sentido, pero sí les atribuye algo de mágico y especial.
Sigue imaginando caras que ponerse y piensa en Antón, el recogedor de llaves, y sonríe. No, la cara de Antón no es la que uno eligiría si pudiera hacerlo.
Piensa en el rostro de ella y, de nuevo, ese tarareo vuelve a su cabeza. Mezclándose con la música del despertar, el sonido de recuerdos a los que no puede acceder.
Sigue leyendo sin mucha concentración hasta que como un rayo, una revelación o un pensamiento que no ha ido a buscar se le ocurre una gran idea. Sí, sin duda lo es. En la zona gris eso es imposible, pero sabe de otras zonas donde sí se puede. Tal vez, le dejen visitar una de esas zonas. Pedirá una licencia especial. Una licencia para ver el sol.
Él cumple con la normativa ecologista vigente y eso seguro que el Estado se lo tiene en cuenta. Además, tiene méritos acumulados por asistir a las celebraciones de las Religiosas Naturistas, por entregar la ropa al servicio de limpieza puntualmente y por respetar las normas de transeuntismo.
Salta de la cama, se viste deprisa y se enfunda el abrigo, ensaya una sonrisa y sale a la calle. Nils Vincent Chesterton está nervioso y excitado, puede oir su respiración exaltada y si alguien le prestara si quiera un poquito de atención, ese alguien podría escuchar sin esfuerzo unos apasionados latidos.
Nils Vincent Chesterton quiere ver el sol. A los espacios de sol y a las zonas verdes tienen preferencia los ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, Nils no es de ninguno de esos estratos, pero gracias a su trabajo en la fábrica, tal vez, le concedan un acceso puntual para el disfrute del sol. Eso sí, siempre que rellene el formulario adecuado y se le considere digno del privilegio.
Camina a grandes pasos hasta el edificio oficial de final de zona. Le sobra el abrigo, siente un desacostumbrado calor; le sobran los zapatos, que él quisiera calzar ahora unas alas.
Al llegar presenta identificación y le indican que suba a la cuarta planta. Allí le pide amablemente que espere una secretaria vestida de gris. Si no fuera por su triste mirada, esa cara podría ser también un rostro a elegir, de ser hada, piensa Nils Vincent Chesterton, mientras espera.
[Leer capítulo Diez : El empleado del mes]


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