Entra en su habitáculo, descuelga la bata y la apoya en la silla, se quita el abrigo, lo cuelga donde antes estuvo la bata, y se coloca ésta con lento cuidado. Traslada el lápiz de la mesa a la pequeña cornisa de la ventanilla. Abre la ventanilla y coloca la silla frente a ésta. Entonces, se sienta a esperar.
Nils siente frío y se acurruca en la silla, aunque sabe que acurrucarse no sirve de nada es un gesto casi instántaneo, como si ocupando menos espacio el frío fuera menor. Pica con los pies en el suelo para deshacerse de la humedad, para engañar al astuto frío que se apodera de los pensamientos.
A los pocos minutos, después de una eternidad si la contamos por el frío, una boca aparece en la ventanilla, se apoya en el arrimadero y se abre frente a él. Inicia un nuevo día de bocas abiertas, calladas y enfermas. Con el lápiz de luz alcanza a contar tres caries, anota en la pantalla de la pared esa cifra y sin mediar palabra la boca desaparece.
Cinco bocas y nueve caries después, cierra la ventanilla. Sin quitarse la bata, se pone el abrigo. Sale y cierra la puerta con llave. Son las diez cuando espera a que el recogedor de llaves reparta el alimento matinal. Llega su turno y el recogedor coloca su bandeja en el estante colocado junto a la puerta, una estrecho resorte que sobresale de la pared, a un metro del suelo. Los trabajadores comen de pie y deprisa, hay más humedad, si cabe, dentro que fuera, por suerte el sopicaldo está caliente y es agradable sentir como a través de la garganta uno puede calentarse todo el cuerpo. Nils es el último en recibir la comida, el último de la fila, así que el recogedor, a veces, pasea por la explanada y otras espera junto a Nils a que todos acaben. Nils nunca ha hablado con él, pero hoy le parece extraño que esté tan cerca y no decirle nada. Busca palabras, pero no es fácil romper el silencio. Piensa que podría hablarle de la ceremonía de las Religiosas Naturistas y del altercado del final, pero eso es más incómodo aún. Le mira. Bebe el sopicaldo y se miran. Está calentito, se atreve a decir. Sí, le contesta, yo ya comí y la verdad es que está bueno y sienta bien, añade el recogedor. Mi nombre es Nils, dice Nils. El mío Antón, dice el recogedor. Hoy he llegado a la hora exacta, dice Nils. Pero este mes no creo que llegue a ser el empleado modelo. Antón sonríe de mediolado. Como si le pareciera divertido. La verdad es que me gustaría. Claro, dice Antón, a todos nos gustaría. Pero no parece que a Antón le haga tanta ilusión como a él, lo ha dicho por decir, cree Nils.
Cuando regresa a su habitáculo, Nils está contento, no ha sido tan difícil conversar, Antón es un hombre amable. Aunque siempre parece que habla sin decir lo que piensa. Le gusta que se ría de mediolado como si no le hicieran gracia las cosas, pero se riera de todo por dentro. No, no es bien bien así, piensa Nils, pero es difícil explicar las sonrisas. Y más cuando uno no está muy acostumbrado a verlas. Antón sonríe como quien guarda un secreto, sí. Seguro, piensa Nils, que Antón sí sabe soñar, mañana le preguntará sobre eso.
Al salir del trabajo decide volver dando un paseo a casa. Pasaron los meses oscuros y es agradable estirar las piernas. Siempre le gustó esta frase. Nils recuerda vagamente cuando la oyó por primera vez, se recuerda a él mismo riendo imaginando unas piernas estirándose. Nils a veces crea imágenes en la cabeza que nacen de palabras o de gestos. Cuando eso ocurre, se siente un poco como un niño. Aunque en la zona gris no hay niños, imagina que los niños inventan como él, si un día ve alguno le hablará de sus imágenes, piernas que crecen y hombres que tienen que agachar la cabeza para no darse con el techo que cubre la ciudad.
Nils Vincent Chesterton camina mirando los altos edificios, las casas de fachadas blancas habitadas por las Religiosas Naturistas, las viejas construcciones que sobrevivieron a la Gran Catástrofe, las farolas que iluminan la ciudad. Camina y piensa en ella. Su rostro y esa canción que le mantiene alejado de los recuerdos, pero que le anima los pasos.
Mañana, piensa Nils, mañana le diré algo.
[Leer capítulo Ocho]


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