Sobre un rectángulo metálico, tres botones verdes. El primero, para la petición de ducha, que debe realizarse no más de una vez por semana. El segundo botón verde, para la petición de lavado de ropa. Botón que debe apretar cuando necesita lavar sus cinco pares de calcetines, sus diez calzoncillos, sus dos pantalones, sus cuatro camisas, sus dos jerseys y su abrigo. Se aconseja hacerlo cada dos semanas, nunca más de tres, si uno quiere respetar las normas de civismo y convivencia.
El tercer botón, situado en medio y unos centímetros por debajo del botón número 1 y número 2, sirve para pedir la presencia de una Religiosa Naturista. Eso puede hacerse sin límite de veces, pues uno puede necesitar descanso y oración en muchas ocasiones.
Hay otros tres botones a la derecha del comunicador, son pequeños y se confundirían con el panel metálico si no fuera porque están numerados también. El número 4 sirve para recibir comida, sólo puede usarse una vez por temporada y su uso conlleva la pérdida de méritos adquiridos. El número 5, para avisar de la no asistencia al trabajo. Nils nunca ha usado este botón pues su utilización está penada con la pérdida de méritos y con la imposibilidad de usar los efectos evasivos, es decir, que si uno usa ese servicio pierde el derecho a ir al estanque, a la sala de visionados y a la sala de lectura. A Nils le parece desproporcionado, pues piensa que si uno falta a sus deberes, si uno no acude a su trabajo, obviamente, no es por capricho. Él no ha dejado de ir a trabajar un solo día, no suele estar enfermo, pero aunque lo estuviera, aunque le costara mucho levantarse de la cama, Nils Vincent Chesterton está convencido de que iría a trabajar. La sola idea de no poder ir al Gran Invernadero, pensar en no poder tocar las verdes y rugosas paredes del estanque, no sentir la paz que allí siente; tener que prescindir del cosquilleo en el estómago que producen los minutos mágicos en la sala de visionados, esos minutos previos a ver las imágenes que surgen de la oscuridad; la sola idea de atar las alas a la ficción, hace que su estómago se encoja y que Nils sienta auténtico vértigo. Deseando salir de esa sensación que ahora le aprieta en un puño el corazón, Nils mira el botón desapercibido número 6, tampoco recuerda haberlo usado nunca. Es el botón para los asuntos no preprogramados.
A través de unos puntitos que dejan llegar una voz, el comunicador le avisa de que puede realizar su ducha quincenal de forma inmediata.
Así que Nils Vincent Chesterton sale de la habitación, recorre el largo pasillo que le lleva al ascensor y éste, al introducir su identificación, le lleva hasta el piso subterráneo del edificio donde están las duchas colectivas.
Al bajar del ascensor se enfrenta a dos puertas. La suya, la de la izquierda, la asignada a los hombres, le lleva a una pequeña salita apenas iluminada con tenues luces de emergencia. A Nils, que las luces de emergencia produzcan un suave reflejo naranja sobre las paredes grises, le hace sentir cómodo y acogido.
Va dejando su ropa en el banco de piedra, junto a éste, una silla donde un mono de tela gastada de color azul claro le esperará hasta que acabe su ducha. Ya desnudo, siente fresquito en la nuca, en la espalda y en el culo. Así que intenta ser rápido. Abre la puerta y la cierra, de inmediato, tras él. La duchapasillo con forma de “o” le llevará de nuevo hasta la estancia de la que acaba de salir. Primero: La desinfección. A Nils Vincent Chesterton no le gusta sentir el olor que emanan las paredes, así que, aunque sabe que es importante ese primer paso, camina rápido hasta la segunda parte, el baño de vapor. Este tramo es más agradable y Nils hace que pasea por él, como si fuera un día de lluvia. Aunque no haya visto nunca llover sabe que es algo así, vapor de agua que cae del cielo mojándote el pelo y pegándolo a tu piel. Es probable que los Urbanistas que crearon las duchapasillo se inspiraran en la lluvia. Sí, Nils está casi seguro. Camina lentamente y el vapor entra en sus poros limpiando la piel. Mira las pequeñas luces situadas en lo alto de las paredes. El vapor las difumina y miles de motas de luz y vapor se mueven por encima de su cabeza. La tercera parte: el secado. Aire frío y caliente llega a su cuerpo a bruscas ráfagas. Nils busca los chorros de aire caliente y, encogido, permanece junto a éstos. Quisiera almacenar todo el calor posible, le gustaría no tener que prescindir de ese calor. Ni del sol ni de Antón y sus amigos.
El ceño fruncido del que se pregunta, la sonrisa del que es feliz y los ojos adormilados, dibujan una mueca extraña en Nils Vincent Chesterton. Ojalá Eva, piensa. Y no se atreve a decir ningún verbo junto a su nombre.
Apoyado en la pared, imagina que el sol es tan acogedor o más que las luces naranjas de emergencia y caluroso como las ráfagas de aire del secado. Y no sabe si eso es soñar, imaginar o querer, pero allí mismo está Jacques que cuenta una historia de alguien a quien amó, Charles llena de nuevo su copa, Syd hace pis en una esquina y mientras Tom canta entre dientes una canción extraña, Odetta que le acompaña, deja ver sus nodientes. Y justo cuando Eva le besa en la mejilla, Antón desde lejos sonríe.
[Leer capítulo Veintiuno : Las hadas brillan y vuelan, también Syd]


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