Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.
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lunes, 5 de octubre de 2009

Nueve : La gran idea

Suena la música del despertar cuando son las cinco, hoy, sin embargo, no tiene que ir a trabajar. Hoy puede quedarse remoloneando, es su día de fiesta. Pero Nils Vincent Chesterton no es de los que remolonean. Así que estira el brazo fuera de la manta y siente el frío de la mañana, dobla una punta del cojín y palpando el suelo con la mano derecha, coge el libro que la noche antes dejó junto a la cama. Lo enciende y elige el archivo del cuento de hadas que encontró en la Sala de lectura.
La pantalla luminosa en la oscura habitación le hace sentir como si leyera un secreto, algo que sólo a él le es permitido saber. Le gusta esa sensación sin nombre.
Las hadas viven sin tiempo y eso le hace pensar. Viven adaptando los rostros de otros, entonces Nils imagina que rostro eligiría de ser hada. No conoce mucha gente. Piensa en aquellos que se encuentra cada mañana en el metrobús. Algunas mañanas consigue descubrir en los ojos aún dormidos de los que se sientan frente a él restos de sueños que caminan bajo sus párpados. Entrar a hurtadillas en los ojos de otros es como robar intimidades, no le gusta eso, pero la verdad es que él no puede soñar y le gustaría mucho. No sabe qué son los sueños ni si tienen utilidad o sentido, pero sí les atribuye algo de mágico y especial.

Sigue imaginando caras que ponerse y piensa en Antón, el recogedor de llaves, y sonríe. No, la cara de Antón no es la que uno eligiría si pudiera hacerlo.
Piensa en el rostro de ella y, de nuevo, ese tarareo vuelve a su cabeza. Mezclándose con la música del despertar, el sonido de recuerdos a los que no puede acceder.
Sigue leyendo sin mucha concentración hasta que como un rayo, una revelación o un pensamiento que no ha ido a buscar se le ocurre una gran idea. Sí, sin duda lo es. En la zona gris eso es imposible, pero sabe de otras zonas donde sí se puede. Tal vez, le dejen visitar una de esas zonas. Pedirá una licencia especial. Una licencia para ver el sol.
Él cumple con la normativa ecologista vigente y eso seguro que el Estado se lo tiene en cuenta. Además, tiene méritos acumulados por asistir a las celebraciones de las Religiosas Naturistas, por entregar la ropa al servicio de limpieza puntualmente y por respetar las normas de transeuntismo.
Salta de la cama, se viste deprisa y se enfunda el abrigo, ensaya una sonrisa y sale a la calle. Nils Vincent Chesterton está nervioso y excitado, puede oir su respiración exaltada y si alguien le prestara si quiera un poquito de atención, ese alguien podría escuchar sin esfuerzo unos apasionados latidos.
Nils Vincent Chesterton quiere ver el sol. A los espacios de sol y a las zonas verdes tienen preferencia los ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, Nils no es de ninguno de esos estratos, pero gracias a su trabajo en la fábrica, tal vez, le concedan un acceso puntual para el disfrute del sol. Eso sí, siempre que rellene el formulario adecuado y se le considere digno del privilegio.
Camina a grandes pasos hasta el edificio oficial de final de zona. Le sobra el abrigo, siente un desacostumbrado calor; le sobran los zapatos, que él quisiera calzar ahora unas alas.
Al llegar presenta identificación y le indican que suba a la cuarta planta. Allí le pide amablemente que espere una secretaria vestida de gris. Si no fuera por su triste mirada, esa cara podría ser también un rostro a elegir, de ser hada, piensa Nils Vincent Chesterton, mientras espera.

[Leer capítulo Diez : El empleado del mes]


lunes, 6 de julio de 2009

Cinco

El recorrido del transporte especial es exactamente igual al de cada día. Desde la ventanilla, Nils puede ver las mismas calles grises y casi deshabitadas de todos los días, los edificios nuevos mezclándose con alguna construcción antigua, la sala de lectura y las plazas de reunión.
Los edificios nuevos son altos y sin ventanas, los imagina por dentro igual que el suyo, con los mismos interminables pasillos y el mismo ascensor.
A Nils le parecen más bellas las casas anteriores a la Gran Catástrofe, quizás se lo parecen porque son diferentes entre sí, porque hay edificios de tan sólo cinco o seis pisos y, sobre todo, por las ventanas, algunos incluso tienen balcones, bonitos balcones con barandillas de hierro. En algunos de estos edificios se alojan los guardas de control; en los otros han ubicado los cenadores, a cada barrio le pertenece un cenador, donde van a recibir la comida todos los que viven en él. Hoy, la última noche del mes oscuro, ya tienen derecho a una cena ordinaria.
Si alguien se fijara en Nils podría creer que observa los edificios aunque lo que él mira, en realidad, son sus pensamientos. En su cabeza, aún oye los gritos de después de la reunión de las Naturistas, le resultan muy extraños, acostumbrado como está al silencio y a las conversaciones que escucha entre pocas personas, pues están prohibidas las reuniones no oficiales entre más de ocho participantes. Recupera en su cabeza los gritos y más que éstos, el destello de luz. Esa luz que se ha quedado pegada a sus retinas y, aunque no lo recuerda, esa luz, piensa, se parecía mucho al brillo del sol.



Llega a su barrio. Al entrar en los cenadores, le desconcierta hasta el punto de obligarle a achicar los ojos, la intensidad de los fluorescentes. Hace cola y en la ventanilla de cocina le entregan su bandeja. De pie observa la frialdad de una luz que no crea sombras, de entre todas las mesas largas y bien distribuidas del cenador elige una y se sienta cerca de un pequeño grupo que habla en voz baja mientras come, con placer diría él. Lejos quedo el batido y el aporte vitamínico. No se atreve a sentarse con ellos y, mucho menos, a colaborar en la conversación, pero mastica despacito para poder oírles.

Nils había olvidado el zumbido que emiten las luces del techo de los cenadores, una molesta luz y un molesto y monótono sonido que incomoda siempre y que ahora le dificulta entender bien lo que dicen, no oye frases enteras sólo palabras. Apocalípticos, han dicho. Gritos. Cuidado. Voz. Y Nils deduce que murmuran sobre la celebración porque la mujer que habla bajó con él del transporte especial, también recuerda haberla visto en el círculo concéntrico delante de él en la ceremonia de las Religiosas Naturistas. No acierta a saber quienes son los apocalípticos, aunque no es la primera vez que oye hablar de ellos. En los cenadores, otra vez, hablaron de ellos, pero Nils creyó que era una historia nueva de la sala de visionados y no le dio importancia. Pero en el metrobús, no hace tanto, entendió que no era una ficción, oyó como habían intentado vivir en la zona central de la ciudad. Nils supuso que había oído mal, se trataría de ir no de vivir, porque aunque con permiso se puede visitar otras zonas, nadie puede cambiar de zona de alojamiento. Y, según había oído, los apocalípticos vivían en los márgenes de la ciudad. Ni con permiso ni sin, Nils no cree que los apocalípticos visiten la zona gris. No lo recuerda bien, pero cree que no aparecen en El Libro de Orden. Nils nunca ha visto a un apocalíptico, ahora sí puede decir que los ha oído. Decírselo a quién, piensa Nils.

Cansado de no acceder a frases completas y del zumbido de las lámparas, acaba de comer. El grupo de seis personas no le mira, pero cuando Nils se levanta, siente que la mujer, de repente, calla. A Nils Vincent Chesterton que sabe de silencios, éste le resulta incómodo, pues siente que es por él que la mujer ha callado. Entrega su bandeja a la salida y con una extraña tristeza a cuestas sale de los cenadores.

Recorre la calle silenciosa. Se identifica. Toma el ascensor. Se identifica. Recorre el larguísimo pasillo. Se identifica. Entra en su caja. Se desnuda y se mete en la cama.
Tal vez, un poco de luz de sol o una conversación con un amigo, no sabe Nils si lo que está haciendo es buscar recuerdos o crear deseos. Y con una mueca triste, el sueño acontece antes de decidirse por una respuesta.

[Leer el capítulo Seis]


lunes, 22 de junio de 2009

Cuatro

Llega el turno de Nils, el recogedor de llaves le entrega el alimento matinal y le comunica que hoy deberá recoger el material y entregar las llaves una hora y cuarto antes de lo acostumbrado. En la parte trasera del edificio, unas Religiosas Naturistas darán una breve celebración, de asistencia voluntaria, para todos los trabajadores de la fábrica. Contribuyendo así a su bienestar espiritual y a su condición de buenos empleados, ha dicho el recogedor sin mucho convencimiento, le ha parecido a Nils, como si repitiera de memoria algo que no cree del todo. A Nils, sin embargo, le divierte la palabra bienestar. Además, le gusta la voz de las Religiosas Naturistas, es suave y le adormece. Y, aunque luego, suele olvidar de qué han hablado, sí le hace sentir bienestar escucharles.

Nils Vincent Chesterton, a la hora prevista, sube la cuesta que separa su habitáculo de la fábrica donde se encuentra el edificio de los hacedores de dientes. Y, siguiendo a los demás trabajadores, entra en el estrecho callejón del lateral izquierdo de la fábrica. Todos se dirigen a la reunión. Ataviados con abrigos les imagina con la misma humedad que cala en sus huesos. Le gustaría decir algo, tal vez sobre el frío, sólo por sentirse hablando con otros. Pero no se atreve. Nils busca entre las filas de asistentes que se dirigen al patio trasero al recogedor de llaves, la única cara que le resultaría conocida, pero no logra encontrarlo. Delante de él dos hombres miran a un lado y a otro, mientras murmuran. Nils intenta oír lo que dicen sin conseguirlo; los adelanta y estira el cuello hacia atrás en un segundo intento de saber de que hablan, pero hablan en voz muy baja y Nils desiste.
Al final del callejón, se abre el gran patio trasero. Es la primera vez que hacen una conferencia allí. De hecho, es la primera vez que Nils está en el patio de atrás de la fábrica. A un lado los edificios centrales y los callejones laterales; al otro, las vallas que separan la fábrica del exterior, y cierran el cuadrado que es el gran patio dos muros altos. Como techo una densa uralita diferente a la que cubre el resto de la zona gris, la parte de la ciudad donde vive Nils.
A las tres en punto, todos los empleados esperan. Pasean de un lado a otro, se miran y observan el espacio que, al parecer, para todos es desconocido.
Por el callejón de la derecha hacen su aparición dos Religiosas Naturistas, tranquilas y sonrientes se colocan en el centro del patio, mientras los empleados sin dejar de observarlas se van disponiendo en círculos concéntricos, según el estatus que ocupan dentro de la fábrica, alrededor de ellas. A Nils, por muchas veces que lleven a cabo este ritual y sea donde sea, siempre le parece sorprendente la facilidad con la que tantas personas son capaces de ocupar un lugar en orden y silencio, le gusta, es como un baile, piensa él, aunque no conoce muchos bailes.
Nils escucha atento. Han venido a hablarles de la felicidad del nuevo mundo y de la gratitud que deben por ello, de lo lejos que queda la violencia de los tiempos que llevaron a la rebeldía y, en consecuencia, a la destrucción. Nils escucha hasta que esas mismas palabras que oye le llevan a un estado, ya conocido, de plenitud y docilidad. Deja de oír para hacer suya esa felicidad que siempre llevan consigo las Religiosas Naturistas. Cuando regresa de sus pensamientos, la conferencia, que le ha resultado muy breve, acaba. Las últimas palabras de las Religiosas Naturistas son de celebración ante el final de los meses fríos. Mañana las restricciones debidas a la temporada oscura terminan. Una frase de gratitud al Nuevo Orden Con gratuidad lo recibisteis, dad pues paz y gratitud y se despiden inclinando la cabeza, a lo que todos responden Paz y gratitud.
Del mismo callejón que las Religiosas Naturistas aparece el que cree Nils es el jefe de la fábrica, rompiendo los círculos se hace camino entre los empleados y se coloca frente a las Religiosas Naturistas, se despide de ellas con un gesto parecido al de ellas, inclinando la cabeza. Paz y gratitud. Sonrientes y tranquilas, por el espacio abierto que él ha dejado, caminan hasta el callejón derecho y desaparecen.
El hombre que cree Nils que es el director de la fábrica se dirige a todos indicándoles la salida, tan sólo tienen que acercarse a la valla que queda tras ellos, cuando estén todos dispuestos un guarda de control les abrirá la puerta. Un transporte especial les espera ya. Allí les recogerán y tomarán sus datos identificadores para premiarles por su presencia en la celebración. Recibir méritos es importante para poder, si se da el caso, pedir licencias. Si algún día uno no asiste al trabajo por causa de leve justificación o desea acceder a visitar otra parte de la ciudad, estos méritos son tenidos en cuenta. Por eso y, sobre todo, por el bienestar, sonríe Nils mientras piensa en esa palabra, es bueno acudir a las reuniones organizadas por las Religiosas Naturistas.

Recorren el patio y esperan, el guarda de control abre la puerta y pueden acceder con apenas unos pasos al interior del transporte especial. Unos gritos que parecen llegar de detrás de las vallas, le hacen girar la cabeza, pero el guarda de control le indica que suba y no llega a ver quienes gritan. Aturdido por las voces que empiezan a apagarse y por un destello que se filtra por las grietas de un rincón del techo de uralita, Nils sube a la nave de transporte. Es el último en entrar. Se cierra la puerta tras él. Muestra su identificación y puede leer en la pantalla Su presencia en la celebración es un bien para todos. Gracias Nils Vincent Chesterton.

[Leer el capítulo Cinco]


lunes, 8 de junio de 2009

Tres


Smetana "Mi patria". La música del despertar.

Suena la música del despertar. En los cajones, junto a la cama, aún queda ropa limpia. Por el tacto reconoce sus pantalones, las camisetas y el jersey, los calzoncillos largos y los calcetines. Se viste. Y sale de su caja. Al fin, abraza el aire con un bostezo y extiende los brazos todo lo que puede y aún sin erguirse del todo se siente mejor. Lleva un calcetín de cada color, pero es tarde para volver, así que estira su pantalón para disimular el despiste. Espera el metrobús cuando descubre la imagen que de sí mismo le devuelve la pantalla de la parada. Su afilada nariz y su diminuta boca contrastan con sus grandes y tristes orejas y con sus grandes y tristes ojos con los que acaba por chocar al recorrer su reflejo. Él no se siente una persona triste, pero sus párpados apuntan al suelo y se lo hacen parecer. Sus cabellos bien cortados esculpen un largo flequillo castaño que a menudo oculta su ojo derecho. Sus piernas delgadas son además muy largas. Su talle corto queda enterrado bajo el abrigo y cuando se desprende de él, algunas miradas se dirigen a Nils sin remedio.
El metrobús frena con fuerza y él puede, al fin, desprenderse de su imagen. Introduce su larga y venosa mano en el bolsillo del abrigo y saca su tarjeta de identificación. Verifica su presencia en el detector y entra.

La mañana, en la fábrica de dientes, va pasando sin muchas novedades, sólo la extrañeza de unos labios inusualmente sonrientes. No puede hablar con los pacientes, pero es agradable saber que le sonríen. Imagina que alguien con semejante sonrisa y con tan pocas caries debe pertenecer a los ciudadanos de segunda o tercera categoría, seguramente a un Urbanista Ideólogo o a un Ecologista Concienciador. En la parte gris de la ciudad, nadie sonríe así.

Cada categoría ocupa un distrito de la ciudad. Lo leyó en El Libro de Orden. En él aparecían todas las categorías, subcategorías y sus funciones. Es bueno conocer la sociedad de la que formas parte, piensa Nils. Por eso, lo leyó tantas veces que acabo por aprendérselo de memoria. Aprendió sobre los Organizadores de la ciudad, que ocupan el distrito central. Los Urbanistas que ocupan el distrito que forma un círculo concéntrico en torno a los de la primera categoría, divididos en Ideólogos y Realizadores a ellos se debe la gran distribución de la ciudad. Los Ambientales les siguen en el siguiente distrito circular, Investigadores y Concienciadores; tienen acceso a todos los distritos, como los Urbanistas, sin tener que pedir permiso. También son de una categoría superior los Historiadores que ocupan el círculo inmediatamente contiguo a los anteriores. Las Religiosas Naturistas viven en todos los distritos de la ciudad. Ocupan edificios bajos de color blanco que cualquiera puede visitar si necesita de sus consejos. A él le caen especialmente bien los Entretenedores, por lo visto, son los que inventaron el estanque, los audiolibros y los que preparan las ficciones de la sala de visionados. Casi todo lo que sabe de ellos, lo ha oído en los cenadores. No recuerda que en El Libro de Orden se hablará de dónde vivían. Tal vez, habiten donde dicen se puede ver el sol, en la zona apartada, donde aún hay muchas construcciones anteriores a la Gran Catástrofe, donde dicen que es tan difícil acceder. Le gustaría conocer a uno, pero no es fácil hacer amigos de otro rango. Además, los entretenedores siempre van acompañados de un guarda de control, supone Nils, que por la importancia de su trabajo. Nils Vincent Chesterton pertenece a los Cuidadores y eso le gusta, saber que ayuda a los otros, sentirse útil, es algo muy bello. Y, aunque tenga que vivir en la zona gris, vale la pena. En la escala de Cuidadores, él pertenece al estrato de la salud, pero existen más. Cuando vaya a la sala de lectura, volverá a pedir en préstamo El libro de Orden, piensa Nils. Debería releerlo.


Sin quitarse la bata, se pone el abrigo. Abrocha los botones con cuidado y sale para la pausa de media mañana. Cierra la puerta con llave. Son las diez. Con las manos en los bolsillos, juega con la llave que ha guardado en su interior, mientras espera que el recogedor de llaves le traiga su alimento matinal, pues también ésa es misión de él. Desde la entrada de su habitáculo puede ver los altos y grises edificios de la fábrica central. Se conservan bien, piensa Nils, a pesar de la Gran Catástrofe. Siente extrañeza ante ellos, como si le observaran fijamente unos desconocidos.
Poco a poco van saliendo de sus habitáculos los Cuidadores que, como él, no trabajan en los edificios centrales. Todos con abrigo, todos con el frío ya en el cuerpo, todos con las manos en los bolsillos; ta vez, piensa Nils, todos, como él, acariciando la llave que acaban de guardar en ellos. El recogedor de llaves aparece tras la esquina del primer habitáculo y empieza a distribuir de forma igualitaria el alimento matinal. Ordenadamente, en cuanto cada Cuidador recibe su bandeja se sienta junto a su puerta en el pequeño resorte que cumple la función de silla. Comerán en silencio, dejarán la bandeja en el suelo y volverán para acabar su jornada de trabajo.

Lo sabe por el documental histórico que ha visto en la sala de visionados. Sabe que antes de la Gran Catástrofe el mundo estaba organizado de forma muy diferente, pero ahora, por suerte, todo está en orden, piensa Nils Vincent Chesterton, ahora cada uno sabe su lugar en la sociedad.

[Leer el capítulo Cuatro]

* Fotografía de la portada de El libro de orden.

lunes, 25 de mayo de 2009

Dos


04:00 PM

El sonido ensordecedor de la alarma le hace dar un respingo en la silla. Se quita la bata y la cuelga en el perchero de la entrada. Sale, puntualmente, a las cuatro, después de entregar la llave al recogedor de llaves.
Le gustaría volver a casa dando un paseo tranquilo, tal vez, pasando por el estanque o la sala de lectura, pero a los guardas de control no les gusta ver gente dando vueltas, él tiene los documentos en regla, pero le es incómodo enfrentarse a la ley, no hay que ser imprudente. Además, siente frío y pronto estará oscuro, las luces de emergencia que se utilizan los meses de reducción no son muy intensas. Mejor ir a casa y, dado que en los meses fríos no se cena, apenas un batido calórico y un aporte vitamínico, dormir pronto.

Nils entra en los cenadores. Una sala dispuesta con mesas largas y sillas frías. Cuando él llega suele encontrar a gente comiendo y en pequeños grupos hablando de las cosas de las que se habla al final del día. Del trabajo, de la humedad y el tiempo, del último libro que alguien leyó. Él no conoce a nadie, aunque le gustaría. Se sienta junto a un grupo y escucha las conversaciones, a veces, querría intervenir, pero no sabe de qué hablar, y cuando se le ocurre una frase, ya hablan de otro asunto y siente siempre que se le pasa el momento de decir algo. Durante los meses fríos, sin embargo, eso no le importa. Las mesas permanecen vacías. Cerca de la cocina una larga cola donde hacer turno. Sólo hay que recoger un batido y una pastilla que tomarse de pie. El silencio lo cubre todo, a penas un murmullo al entregar los envases a la salida.

Recorre la calle oscura y llega a su edificio. Introduce su tarjeta de identificación en la puerta de entrada y más tarde en uno de los cinco ascensores del pasillo izquierdo. Supone que vive en uno de los pisos más altos, pues el trayecto dura unos minutos. Pero sólo lo supone, pues el ascensor no tiene números ni el edificio ventanas. Hace unos meses, intentó asomarse al estrecho respiradero que hay sobre su cama y que da al exterior, pero no llegó a ver más allá del edificio contiguo. Y Nils que sigue sin saber en qué piso vive, intenta no pensar más en ello. Cuando el ascensor se abre, camina por el largo pasillo hasta la puerta 27 donde la tarjeta identificadora le abrirá la última puerta del día.
Nils vive en una estancia pequeña a la que él llama su caja de cerillas. Una estancia de techo bajo. Alargando la mano desde su cama llega a todos los rincones o casi. Este mes la luz está racionada y eso significa que para encender la lámpara tiene que esperar a su día de fiesta o al final de la semana. Y, aún así, sólo desde las siete a las nueve de la noche. Son ya finales del mes oscuro y a Nils no le queda ni una vela, ha acabado, incluso con la provisión de cerillas. Acostumbrado a la oscuridad reconoce todo por el tacto. Así que se desnuda y se mete en la cama.
Le gusta, antes de que el sueño acontezca, recrearse en los recuerdos. Busca un momento del pasado y trae a su mente los olores, los colores ya difusos, las palabras dichas. Y se queda allí en lo vivido sintiendo que está en otro lugar y otro tiempo. Cada vez le es más difícil recordar, a veces, aparece una canción en lugar de un recuerdo y piensa si será la edad, que antes no le costaba tanto encontrar recuerdos. Se acurruca en la cama y vuelve a intentarlo.
Recuerda un paseo cogido de una mano, no sabe a quién pertenece esa mano, sólo percibe que es muy cálida. Le gusta esa calidez. Y en ella se duerme.


[Leer el capítulo Tres]

* Foto de AB.

viernes, 1 de mayo de 2009

Uno


DVORAK Sinfonía nº 9 "Del Nuevo Mundo" (1893)

Pide disculpas a las dos religiosas naturistas que han ocupado los asientos contiguos al de él. Consigue llegar al pasillo central y de éste a la salida. Da un salto y sus pies tocan tierra mientras oye cerrarse la puerta del metrobús.


Levanta la solapa del abrigo para proteger su cuello de la humedad y sube la cuesta que le lleva a la fábrica en tan sólo dos minutos.

Llama al timbre. Muestra su identificación a la cámara. Aparece en la pantalla que se ha retrasado 57 segundos y 243 milésimas. Entra. No es un retraso grave, pero significa que este mes tampoco ganará el premio al empleado perfecto. No sabe en que consiste. Nunca ha ganado un premio. Nunca ha ganado nada. Y cree que eso de ganar debe hacerle a uno muy feliz.

Un edificio que se mantuvo en pie a pesar de la Gran Catástrofe alberga la fábrica donde trabaja. Allí cuenta con un pequeño despacho. Una mesa, una silla, un lápiz, un teléfono para comunicarse con los departamentos interiores, que nunca ha utilizado, y una ventanilla por donde asoman las incesantes bocas que le visitan cada día. Suena por el altavoz el número de registro del primer paciente. Automáticamente la ventanilla se abre y él ayuda a colocar la boca en el hueco de la pared. Por la comisura de los labios sabe que se trata de una anciana. Con el lápiz de luz empieza a contar las caries que aquella boca encierra.

Nils Vincent Chesterton es el primer eslabón de la cadena de la fábrica de dientes. Los pacientes hacen cola, en cuanto la ventanilla se abre muestran sus bocas y Nils les indica cuantas caries tienen. Después deben entrar en la fábrica y esperar a que les confeccionen nuevos dientes que ellos mismos se pondrán en casa.
Vincent no trabaja en el interior del edificio, sino en los despachos exteriores. Eso significa que no tiene que oír el molesto ruido de la maquinaria, sin embargo, hay algo que odia más que el ruido y es el frío.


Todo ese frío de intemperie y esa humedad que dicen, los que han podido ir más allá de los límites, que es más intensa en esa zona de la Gran Ciudad. Nils se abriga. Tres pares de calcetines, calzoncillos de lana sintética, pantalón, dos camisetas, tres jerseys, la bata reglamentaria y un gorro. Guantes no puede llevar, se lo impide el reglamento, a veces, intenta calentar sus manos introduciéndolas en la boca de los pacientes, pero aún así siguen frías y con el pasar de las horas se ponen rojas y más rojas. Y entonces, sólo le queda contar con ansiedad los minutos que le quedan para volver a su casa.
Son los últimos días del mes de reducción de electricidad, así que lo mejor es volver a casa y allí, recurrir a los recuerdos, esos pocos y vagos recuerdos que aún conserva, y que siempre le dieron calor en las noches de los meses fríos.

[Leer el capítulo Dos]

* Foto interior del metrobus de AB.
** Foto del edificio de
torinotornado extraída de su galería de Flickr.