Introducción a la novela

Nils Vincent Chesterton vive en la zona gris de una ciudad que sobrevivió a la Gran Catástrofe. Obediente al sistema social, su vida discurre entre el trabajo en la fábrica, unos pocos recuerdos que araña al olvido y algunos sueños. Una ilusión prestada cambiará su manera de entender la vida.

lunes, 6 de julio de 2009

Cinco

El recorrido del transporte especial es exactamente igual al de cada día. Desde la ventanilla, Nils puede ver las mismas calles grises y casi deshabitadas de todos los días, los edificios nuevos mezclándose con alguna construcción antigua, la sala de lectura y las plazas de reunión.
Los edificios nuevos son altos y sin ventanas, los imagina por dentro igual que el suyo, con los mismos interminables pasillos y el mismo ascensor.
A Nils le parecen más bellas las casas anteriores a la Gran Catástrofe, quizás se lo parecen porque son diferentes entre sí, porque hay edificios de tan sólo cinco o seis pisos y, sobre todo, por las ventanas, algunos incluso tienen balcones, bonitos balcones con barandillas de hierro. En algunos de estos edificios se alojan los guardas de control; en los otros han ubicado los cenadores, a cada barrio le pertenece un cenador, donde van a recibir la comida todos los que viven en él. Hoy, la última noche del mes oscuro, ya tienen derecho a una cena ordinaria.
Si alguien se fijara en Nils podría creer que observa los edificios aunque lo que él mira, en realidad, son sus pensamientos. En su cabeza, aún oye los gritos de después de la reunión de las Naturistas, le resultan muy extraños, acostumbrado como está al silencio y a las conversaciones que escucha entre pocas personas, pues están prohibidas las reuniones no oficiales entre más de ocho participantes. Recupera en su cabeza los gritos y más que éstos, el destello de luz. Esa luz que se ha quedado pegada a sus retinas y, aunque no lo recuerda, esa luz, piensa, se parecía mucho al brillo del sol.



Llega a su barrio. Al entrar en los cenadores, le desconcierta hasta el punto de obligarle a achicar los ojos, la intensidad de los fluorescentes. Hace cola y en la ventanilla de cocina le entregan su bandeja. De pie observa la frialdad de una luz que no crea sombras, de entre todas las mesas largas y bien distribuidas del cenador elige una y se sienta cerca de un pequeño grupo que habla en voz baja mientras come, con placer diría él. Lejos quedo el batido y el aporte vitamínico. No se atreve a sentarse con ellos y, mucho menos, a colaborar en la conversación, pero mastica despacito para poder oírles.

Nils había olvidado el zumbido que emiten las luces del techo de los cenadores, una molesta luz y un molesto y monótono sonido que incomoda siempre y que ahora le dificulta entender bien lo que dicen, no oye frases enteras sólo palabras. Apocalípticos, han dicho. Gritos. Cuidado. Voz. Y Nils deduce que murmuran sobre la celebración porque la mujer que habla bajó con él del transporte especial, también recuerda haberla visto en el círculo concéntrico delante de él en la ceremonia de las Religiosas Naturistas. No acierta a saber quienes son los apocalípticos, aunque no es la primera vez que oye hablar de ellos. En los cenadores, otra vez, hablaron de ellos, pero Nils creyó que era una historia nueva de la sala de visionados y no le dio importancia. Pero en el metrobús, no hace tanto, entendió que no era una ficción, oyó como habían intentado vivir en la zona central de la ciudad. Nils supuso que había oído mal, se trataría de ir no de vivir, porque aunque con permiso se puede visitar otras zonas, nadie puede cambiar de zona de alojamiento. Y, según había oído, los apocalípticos vivían en los márgenes de la ciudad. Ni con permiso ni sin, Nils no cree que los apocalípticos visiten la zona gris. No lo recuerda bien, pero cree que no aparecen en El Libro de Orden. Nils nunca ha visto a un apocalíptico, ahora sí puede decir que los ha oído. Decírselo a quién, piensa Nils.

Cansado de no acceder a frases completas y del zumbido de las lámparas, acaba de comer. El grupo de seis personas no le mira, pero cuando Nils se levanta, siente que la mujer, de repente, calla. A Nils Vincent Chesterton que sabe de silencios, éste le resulta incómodo, pues siente que es por él que la mujer ha callado. Entrega su bandeja a la salida y con una extraña tristeza a cuestas sale de los cenadores.

Recorre la calle silenciosa. Se identifica. Toma el ascensor. Se identifica. Recorre el larguísimo pasillo. Se identifica. Entra en su caja. Se desnuda y se mete en la cama.
Tal vez, un poco de luz de sol o una conversación con un amigo, no sabe Nils si lo que está haciendo es buscar recuerdos o crear deseos. Y con una mueca triste, el sueño acontece antes de decidirse por una respuesta.

[Leer el capítulo Seis]


3 comentarios:

Paco dijo...

¡Genial! ¿Sería posible cambiar la periocidad de quinquenal a semanal? ¡Haced un esfuerzo por vuestro fan!

Raquel dijo...

Ooooh! pobre nils! snif, snif... una mica d'escalforeta per en Nils, si et plau!

Anónimo dijo...

se palpa la tristeza controlada, según tu nivel así te toca, pero Nils es fuerte y lo más interesate se pregunta muchas cosas.